En la residencia del embajador argentino en La Paz, la conmemoración del 209 aniversario de la independencia argentina se convirtió en un acto de exaltación de los lazos históricos con Bolivia. No es para menos. Marcelo Mazzoni, embajador en Bolivia, recordó ante diplomáticos, políticos y artistas que cinco de los firmantes del acta de Tucumán en 1816 provenían de territorios que hoy forman parte de Bolivia. Evocó, con justicia, la figura de Juana Azurduy y la memoria de Cornelio Saavedra, nacido en Otuyo, en el actual Potosí, como ejemplo de esa raíz compartida.
Escuchar estos discursos es asistir a un ritual diplomático donde las palabras fluyen con solemnidad y las anécdotas históricas se repiten como un credo compartido. La primera bandera argentina, conservada en Sucre, es símbolo de ello. Pero cabe preguntarse si la evocación de esta hermandad suramericana tiene algún correlato real en la vida de millones de bolivianos y argentinos que hoy comparten calles, trabajos, aulas y fronteras.
Se asume en estas celebraciones que la historia común garantiza solidaridad y proyectos compartidos en el presente. ¿Pero cuántos acuerdos binacionales se han concretado en infraestructura, migración digna, cooperación energética o desarrollo económico integral? La hermandad de los pueblos se mantiene viva en los barrios donde bolivianos y argentinos se cruzan cada día, más que en los salones diplomáticos donde se alaba la memoria de Azurduy mientras se negocian restricciones migratorias o controles comerciales.
Detrás de la retórica del Bicentenario se esconde otra historia menos romántica: la de las fronteras como filtro, la de las economías desiguales y la de los estigmas sociales que siguen marcando a los migrantes. Si algo demuestra la figura de Juana Azurduy es que la lucha por la dignidad y la justicia no se cierra con los discursos oficiales, sino que se renueva allí donde las personas construyen vínculos más allá de los Estados.
El viceministro boliviano Élmer Catarina agradeció el gesto argentino, subrayando que la independencia de Argentina fue un paso hacia la soberanía continental. Tiene razón. Pero el desafío hoy no es solo conmemorar la historia, sino construir una integración concreta, eficaz, pragmática y justa. La memoria compartida no basta si no se traduce en políticas públicas que reconozcan al otro como igual, sin paternalismos ni subordinaciones.
La historia de Bolivia y Argentina enseña que ninguna independencia fue individual. Fueron procesos simultáneos, tejidos con actores múltiples, con derrotas, traiciones y lealtades cruzadas. Hoy, a casi dos siglos de aquellas gestas, la pregunta no es si compartimos héroes, sino si compartimos destino. Porque los pueblos pueden tener héroes comunes y, sin embargo, vivir en sistemas que los separan.
Celebrar a Azurduy y Saavedra tiene sentido si nos conduce a revisar cómo el Sur Global puede articularse sin repetir la lógica de las viejas metrópolis: las de afuera y las internas. Quizá entonces, las palabras de esta semana en La Paz no sean sólo retórica diplomática, sino el inicio de un proyecto común que honre la historia con hechos.