Argentina, 1985 vs. Brasil, 2025: justicia, espectáculo y narrativa democrática

26 juillet 2025 - 16:07

El juicio a las juntas militares argentinas fue llevado al cine para no ser olvidado. El proceso judicial contra Jair Bolsonaro se desarrolla en vivo, entre cámaras, viralidad y disputas narrativas. ¿Qué nos dice este contraste sobre la justicia, la imagen y la memoria democrática en América Latina?

Cuando se estrenó Argentina, 1985, la crítica habló de una película necesaria, una obra que convertía un episodio judicial en épica nacional. La figura del fiscal Julio Strassera se alzaba como símbolo de civilidad frente al horror, armado con pruebas, dignidad y un discurso dirigido a una sociedad aún atemorizada. El cine, en ese caso, narró justicia y además la transformó en mito fundacional democrático. Tal vez su mayor acierto fue convertir un juicio en relato compartido.

Cuarenta años después, Brasil atraviesa un proceso paralelo, aunque mucho más fragmentado. Jair Bolsonaro enfrenta múltiples causas: desinformación criminal, incitación a la violencia, participación indirecta en el intento de golpe del 8 de enero de 2023. Sin embargo, la escena no tiene aún una narrativa estable. El proceso judicial avanza, pero no logra condensarse en una historia moral que convoque a la sociedad. Lo que en Argentina fue símbolo de restauración democrática, en Brasil sigue siendo campo de batalla.

La justicia brasileña actúa, pero su efecto simbólico está minado. Cada gesto procesal se convierte en tendencia polarizada. La tobillera electrónica que Bolsonaro debió colocarse por orden judicial se viralizó como escarnio para unos y martirio para otros. Las audiencias, declaraciones y fallos se transforman en piezas de consumo inmediato, no en memoria consolidada. En lugar de ofrecer una verdad reparadora, el juicio se reproduce como espectáculo de ruido. Vargas Llosa advirtió que “los espectadores no tienen memoria; por esto tampoco tienen remordimientos ni verdadera conciencia”. Y es justamente ese déficit de profundidad lo que permite que lo que debería conmover y transformar se disuelva en el entretenimiento fugaz.

La diferencia de fondo entre ambos casos radica tanto en los delitos juzgados —terrorismo de Estado en uno, amenazas a la democracia en otro— como en la arquitectura narrativa que los acompaña. En Argentina, el juicio fue pedagógico. Se construyó como discurso moral, jurídico y colectivo. La película de Santiago Mitre lo consagra como episodio de enseñanza cívica. En Brasil, el juicio aún no alcanza ese estatuto. Está mediado por una guerra cultural en la que cada parte intenta imponer su verdad a gritos. En este escenario, “el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas”, como escribe Vargas Llosa en su “La civilización del espectáculo”. Lo espectacular aquí suplanta lo político. La forma se impone al fondo.

El contexto mediático también ha cambiado. En 1985, la televisión era centralizada, el periodismo aún conservaba autoridad y el cine intervenía como memoria colectiva. En 2025, las redes sociales distorsionan la secuencia de los hechos. La imagen, en vez de estabilizar el relato, lo fragmenta. Los hechos jurídicos se desdibujan entre interpretaciones virales, campañas de descrédito, montajes y burla. La justicia grita para ser oída, pero su voz compite con miles de otras que desconfían de todo.

Y sin embargo, lo que está en juego es semejante. En ambos casos, el desafío consiste en que el poder civil restablezca un marco de convivencia después del quiebre democrático. Que los crímenes de Estado —sea mediante tortura sistemática o erosión institucional— no queden sin respuesta. Pero la respuesta no es solo jurídica. También debe ser simbólica. Porque no basta con hacer justicia: hay que representarla de modo que el conjunto social la perciba como legítima.

Lo que Argentina, 1985 enseña es que un juicio puede convertirse en cimiento. Que la memoria puede escribirse desde la ley y encontrar en el arte su eco. Lo que Brasil, 2025 advierte es que, sin relato, incluso el proceso más justo puede desvanecerse entre sospechas, campañas y olvido.

Hoy América Latina sigue enfrentando sus demonios autoritarios. Y también sigue preguntándose cómo contarlos. En Buenos Aires, el cine ayudó a fijar el sentido de lo justo. En Brasilia, la justicia intenta hablar, pero el volumen del presente la interrumpe. La memoria democrática, más que nunca, necesita algo más que tribunales: necesita relatos que perduren.

 

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