Las tarifas aduaneras impuestas por Estados Unidos bajo el gobierno de Donald Trump han golpeado a la economía global, pero en América Latina su impacto ha sido menor de lo previsto. Así lo señala Sergio Díaz-Granados, presidente del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), al subrayar que la región logró adaptarse más rápido de lo esperado a la nueva estructura comercial.
Lo que parecía un choque severo terminó convirtiéndose en un proceso de reajuste. Las redes de comercio entre América Latina y Estados Unidos ya estaban consolidadas, con vínculos logísticos, culturales y empresariales difíciles de romper. La presencia de comunidades hispanas y de empresas estadounidenses con inversiones de largo plazo suavizó la rigidez de las nuevas tarifas. A ello se sumaron acuerdos bilaterales que permitieron redirigir cadenas de suministro y preservar flujos de exportación en sectores clave como manufacturas, alimentos, energía y servicios tecnológicos.
Díaz-Granados reconoce que la turbulencia inicial generó incertidumbre, pero afirma que el panorama comienza a aclararse. El comercio regional se reconfigura sin fracturas profundas, aunque con la necesidad de modernizarse. Esa capacidad de adaptación no elimina los desafíos estructurales que persisten en la región: baja productividad, inseguridad, escasa innovación y una brecha creciente entre las economías del norte y del sur del continente.
La previsión del CAF para 2026 es de un crecimiento promedio cercano al 3,2 %, cifra modesta en comparación con la expansión global, pero reveladora de una cierta resiliencia. México, según Díaz-Granados, podría recuperar su ritmo inversor y exportador, arrastrando consigo a buena parte de Centroamérica y del norte sudamericano. Esa tendencia refuerza el papel de México como puente logístico del continente, capaz de aprovechar el reacomodo de las cadenas productivas hacia el hemisferio occidental.
Sin embargo, la región sigue creciendo por debajo del umbral necesario para reducir desigualdades. Para cerrar las brechas sociales y productivas se requiere un crecimiento sostenido superior al 4 %. El reto no es solo económico. Implica repensar la integración regional, fortalecer las instituciones y crear mecanismos de cooperación financiera que reduzcan la dependencia de factores externos. América Latina necesita pasar del papel de zona adaptable al de espacio estratégico.
La coyuntura arancelaria, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una oportunidad. El mundo busca proveedores confiables y cercanos, y América Latina posee condiciones únicas para ocupar ese lugar. Su proximidad geográfica, su diversidad productiva y su capital humano hispanohablante son ventajas que pueden traducirse en políticas de reindustrialización, innovación tecnológica y desarrollo sostenible.
El “Davos latinoamericano” que la CAF organizará en Panamá a comienzos de 2026 simboliza ese nuevo momento. Será un espacio para discutir no solo tasas de crecimiento, sino también modelos de cooperación que fortalezcan la soberanía económica regional. América Latina tiene la posibilidad de demostrar que su estabilidad no depende de los caprichos de las potencias, sino de su capacidad para actuar unida, diversificar mercados y convertir la adversidad en aprendizaje.
La historia reciente muestra que las crisis comerciales no siempre destruyen, a veces enseñan. En este caso, América Latina aprendió a resistir sin romperse y a negociar sin perder de vista su propio horizonte.