El nuevo informe anual de la Organización Meteorológica Mundial advierte que el planeta perdió en 2024 más masa glaciar que en cualquier año de los últimos cincuenta. La Amazonía y los Andes aparecen como epicentros de una crisis que combina sequía, inundaciones y pérdida acelerada de agua dulce.
El año 2024 quedará registrado como el más cálido en siglo y medio de mediciones. La temperatura media global superó en 1,55 grados el nivel preindustrial, y el ciclo del agua respondió con violencia. El último informe de la OMM sobre el estado de los recursos hídricos confirma lo que comunidades latinoamericanas han vivido en carne propia: el agua se convirtió en un recurso imprevisible, capaz de arrasar con la misma fuerza con que desaparece.
En Brasil, las inundaciones del sur dejaron más de 180 muertos, mientras el 59 % del territorio nacional sufría sequías prolongadas. La Amazonía navegó entre ríos exhaustos, con niveles de descarga históricamente bajos, y tormentas repentinas que anegaron pueblos ribereños. En el mismo país, la paradoja se hizo evidente: el agua devastaba y escaseaba al mismo tiempo.
Los Andes, por su parte, vivieron una pérdida glaciar equivalente a un 5 % de su superficie en Colombia en un solo año. Este dato, aparentemente técnico, significa que cordilleras que abastecen de agua a millones de personas avanzan hacia un punto de no retorno. Cada gigatonelada de hielo derretido se transforma en mar, no en agua potable.
La OMM calcula que más de 3.600 millones de personas en el mundo sufren escasez de agua al menos un mes al año, y la cifra podría alcanzar los 5.000 millones en 2050. América Latina, con su mito de abundancia hídrica, ya se reconoce dentro de esta estadística. La riqueza de la Amazonía, del Orinoco o del Paraná no protege contra la fragilidad climática.
El informe también advierte sobre el desfase entre regiones: mientras en Asia y Europa hubo lluvias muy por encima de lo normal, en América Latina las grandes cuencas estuvieron muy por debajo de sus promedios. No se trata solo de un problema ambiental: son impactos sobre la producción agrícola, el transporte fluvial, la seguridad energética y la salud pública.
América Latina debe leer este informe como una advertencia y como un espejo. Si la Amazonía pierde su caudal, si los glaciares retroceden, si los ríos no sostienen su caudal normal, se erosiona la base material del desarrollo y se alimenta la espiral de desigualdad y migración.
La región no carece de diagnósticos. El desafío a afrontar es la capacidad de traducirlos en políticas públicas, de fortalecer el monitoreo científico y de garantizar que el agua se gestione como bien común. El informe de la OMM recuerda que el agua es frontera entre catástrofe y resiliencia. En América Latina, esa frontera ya se cruza cada año con más frecuencia.