Costa-Gavras habla de su trayectoria vital durante su visita a Sevilla

05 décembre 2025 - 03:04

El diario El País ha entrevistado en Sevilla, hace unos días, a Konstantinos Gavras. El cineasta conocido como Costa-Gavras viajó a Sevilla para recibir un reconocimiento -El Giraldillo de Oro, máximo galardón del Festival de Cine Europeo de Sevilla-. “Yo no he tenido una carrera sino un recorrido vital en el que, entre otras cosas, he hecho cine”, le ha dicho a su entrevistador Miquel Echarri.

Costa-Gavras se ha mostrado conmovido por ese reconocimiento porque fue España el primer país al que viajó como asistente de dirección siendo muy joven. Y regresar ahora, 65 años después, “equivale a cerrar un ciclo”.  Dice habitar un barrio cercano a la muerte y al no tener expectativas, vive sin temor ni nostalgia, disfrutando la aventura de estar vivo.

El director de cine franco-griego, Costa-Gavras, reflexiona a sus 92 años sobre su trayectoria vital, su pasión cinematográfica, la política y el mundo. La suya es la historia de un extranjero que llegó a Francia y fue allí donde por primera vez se sintió tratado como el ciudadano de una democracia y no como el súbdito de un Estado policial, según ha escrito en su autobiografía.

Desde luego no ha dado por terminada su carrera y ello se debe a que no la vive o la percibe como una profesión sino como una gran pasión. Con varias décadas de carrera activa ha dramatizado las convulsiones sociales y políticas del mundo y pese a su optimismo cauto y a su escepticismo, mantiene la esperanza en el ser humano y en los actos de dignidad y de valentía que no son estériles, cada nuevo día ofrece la oportunidad de seguir luchando, observa.

Se muestra crítico de la perspectiva del cine americano con sus finales felices, nota que infantiliza y mantiene una lógica empobrecedora y que aporta un falso consuelo, “porque incluso nuestros éxitos más rotundos acaban siendo derrotados por el tiempo que es un enemigo formidable”.  Destaca, no obstante, que no es un nihilista. No pretende deprimir a sus espectadores.

Sus películas difieren del estilo americano y subraya que estas reflejan más el estilo del cine europeo, al ser más dialécticas y menos complacientes. Se las interpreta como una crónica dramatizada de las grandes convulsiones políticas del siglo XX y XXI. Ha abordado el golpe de los coroneles en Grecia, las purgas estalinistas, la injerencia estadounidense en América Latina, el Holocausto, el auge de la extrema derecha, la ocupación de Palestina, entre otros temas relevantes. Y, en la más reciente que se estrenó en 2024, reivindica el derecho a morir con dignidad y el imperativo moral de abordar la muerte con responsabilidad y madurez, “sin convertirla en un absurdo tabú que nos impide despedirnos bien de la vida y de las personas que nos importan”.

Se ha resistido a tomar partido, consciente de que la militancia sacrifica los matices. Ello no significa hacer un cine equidistante, explica. De hecho, al elegir cuestiones controvertidas para sus películas, deja en claro cuáles son sus posiciones. La neutralidad no siempre es moralmente legítima, abunda. El hecho de que se diga que su cine es político comprometido o de denuncia, da cuenta de todo ello y él lo expone en el sentido de que se compromete con la realidad de su tiempo, trata de comprenderla y de explicarla, aunque no hace un cine partisano o dogmático.

De sus 20 películas destaca, si tuviera que enseñarle alguna a estudiantes veinteañeros, Hanna K., porque “es una película del pasado que podría ayudarlos a entender un poco mejor el presente”. Filmada en Jerusalén en 1982, Hanna K., aborda el conflicto entre Israel y los palestinos. El odio entre dos comunidades, la coexistencia tensa, la desconfianza mutua y la ausencia de canales de interacción y diálogo, le hicieron comprender que el conflicto iba a enquistarse y a recrudecerse. La película no dejó contento a nadie. El desenlace de la película “muestra de manera muy nítida el clima de hostilidad y de paranoia que se respiraba en ese entonces y que ha acabado teniendo efectos tan nefastos como la actual guerra de destrucción en la Franja de Gaza”.

La película fue muy cuestionada en su día y fracasó en la taquilla. Apenas duró una semana en los cines de Estados Unidos y en Europa no le fue mucho mejor.  No gustó a los judíos, tampoco a los árabes, menos aún a la izquierda pro-Palestina. Pero la película no pretendía tomar partido sino llevar a escena, por la vía de la dramatización, un conflicto real y mostrarlo en su vasta complejidad, con sus matices, planteando preguntas y prescindiendo de respuestas fáciles.

Costa-Gavras se sitúa como el primer espectador de sus películas y las hace con una cierta esperanza de que le gusten a la gente. No va a dejar el cine porque es su pasión y no ve razones para renunciar a esta. Admite que le resulta cada vez más difícil escribir en solitario. Ya no tiene cómplices creativos como Jorge Semprún, entre otros. Pero incluso así continúa buscando historias interesantes y escribiendo casi a diario, actualmente escribe sobre Grecia, su país natal, al que no le ha dedicado toda la atención que merece, en su opinión. Quiere ocuparse de la que estima fue una oportunidad perdida a mediados de los años 40, tras la retirada de las tropas de Hitler. Su interés en esta dimensión espacio temporal tiene que ver con el hecho de que, el resultado de esa guerra, dentro de otra guerra, fue el país en el que él creció y del que tuvo que exiliarse.

 

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