El 63,7% de los padres españoles admiten recurrir a la ubicación en tiempo real para vigilar a sus hijos, redefiniendo los límites de la intimidad familiar en la era digital. La posibilidad de compartir la geolocalización ha transformado la relación entre progenitores y adolescentes, generando un debate sobre la delgada línea entre protección y control que divide a psicólogos y expertos.
La tecnología ha redefinido los contornos de la intimidad familiar. Hace ocho años que WhatsApp habilitó una función que actualmente ofrecen casi todas las redes sociales y aplicaciones específicas para familias. La posibilidad de compartir la ubicación en tiempo real mediante dispositivos móviles ha transformado la relación entre padres e hijos, generando un fenómeno social que psicólogos y educadores observan con creciente preocupación. Hoy toda una generación, la de los nativos digitales, no solo entiende como normal mantenerse permanentemente conectados con sus progenitores, sino que también sabe dónde están sus iguales las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año.
Una encuesta de CivicScience revela que el 65% de los jóvenes de la Generación Z comparte su ubicación con al menos una persona. En España, el 63,7% de los padres reconocen que utilizan este tipo de herramientas para comprobar dónde están sus hijos. Estas cifras reflejan un cambio profundo en la manera de entender las relaciones familiares y la privacidad. La moneda tiene dos caras: en el anverso, la seguridad; en el reverso, el control. La práctica se ha normalizado hasta el punto de que muchos jóvenes consideran extraño no compartir su ubicación, convirtiendo lo que podría parecer una vigilancia invasiva en una expectativa social.
Marina, de 27 años, comparte su experiencia con claridad. Su padre le exigía estar geolocalizada como condición para poder realizar determinadas actividades. La mantuvo bajo vigilancia hasta edad tardía, y cuando finalmente alcanzó la mayoría de edad, ya no mentía a su progenitor y prefería continuar así. Su hermano pequeño también está geolocalizado como regla para que el padre esté más tranquilo. Lo que aprendió, reconoce, es que hay que ser más creativa con las mentiras. Este hábito hace que a muchos jóvenes les resulte más difícil distinguir entre control y amor, o entre control y amistad, según advierten los expertos consultados.
La delgada línea entre supervisión y control
Carmen Esteban, psicóloga y autora del libro Bienvenida adolesc(i)encia, explica que seguir los movimientos de los hijos cuando no están en casa se ha convertido en una práctica cada vez más común entre padres que utilizan las nuevas tecnologías. Si un adolescente no tiene conocimiento de que está siendo geolocalizado, se puede considerar espionaje en el sentido de observar disimuladamente a alguien. Incluso cuando el adolescente sí tiene conocimiento, habría que valorar de qué forma se le ha informado y si ha dado su consentimiento libremente o bajo presión.
Muchas familias establecen condiciones del tipo si quieres salir o si quieres tener un móvil, acepta que pueda geolocalizarte. Esto constituye una forma de coacción, según los expertos, porque si se preguntara a un adolescente qué decidiría él libremente, seguramente diría que está mucho más cómodo sin estar localizado de forma permanente. Una alumna relataba recientemente a una psicóloga que sus padres no respetaban su espacio y no entendía por qué, dado que nunca les había dado motivos para hacerlo. En este caso, existía un sentimiento de quebrantamiento de la intimidad y desconfianza importante que afectaba a la relación familiar.
Raquel Huéscar, psicóloga especializada en adolescencia, considera que en ocasiones la geolocalización puede ser contraproducente para el crecimiento de niños y adolescentes. Existe una delgada línea entre la supervisión, que implica anticipar los riesgos y ofrecer herramientas para solucionar problemas, y el control, que lleva aparejado que los padres lo dirijan y vigilen todo siendo ellos quienes solucionan los problemas de sus hijos. Los adolescentes necesitan para desarrollarse ir ganando en cotas de libertad, privacidad e independencia. La geolocalización tiene que ver con evitar ciertos peligros, pero los hijos tienen que aprender que no todo pasa por los padres y que hay cosas que han de resolver por ellos mismos.
Ansiolíticos virtuales para padres preocupados
La mayoría de las noticias que circulan actualmente son sucesos violentos o alarmantes. Esto genera una alarma social que crea una especial preocupación en los padres, transmitiendo el mensaje de que al dejar salir a sus hijos les están abandonando en un mundo hostil y peligroso. Las aplicaciones de geolocalización funcionan como lo que los psicólogos denominan ansiolíticos virtuales, ayudando a los progenitores a calmar los fantasmas e inseguridades que muchas familias experimentan. Sin embargo, esta tranquilidad tiene un precio para el desarrollo emocional de los menores.
La pregunta que los expertos plantean a las familias es directa: cómo se sentirían los adultos si estuviesen siendo geolocalizados permanentemente. Seguramente pensarían que no se confía en ellos y que no se les concede libertad. Los adolescentes están en una etapa de experimentación que implica buscar límites, tomar riesgos, equivocarse y aprender. La función de la familia es proteger y velar por la seguridad de sus hijos en esta etapa, pero hay una delgada línea entre la supervisión y el control que no debería traspasarse sin reflexión previa.
Los padres también tienen que aceptar que no pueden evitar todas las frustraciones y todo el sufrimiento a los hijos. Antes de instalar cualquier sistema de geolocalización, los psicólogos invitan a plantearse varias consideraciones: desde dónde se geolocaliza a los hijos, cuál es la necesidad real, si es más una necesidad de los padres que de los hijos, y cómo se siente un hijo al saber que sus padres están pendientes de él en todo momento incluso cuando se va. El desarrollo personal de los hijos pasa por acogerlos, apoyarlos y acunarlos, pero al mismo tiempo impulsarlos para la vida y darles autonomía progresiva.
El marco legal y sus límites difusos
La legislación española establece límites claros al uso de la geolocalización en función de la edad. A partir de los catorce años, la normativa de protección de datos considera al menor mayor de edad para gestionar sus consentimientos. Esto significa que los padres necesitan autorización expresa de sus hijos para geolocalizar sus dispositivos a partir de esa edad. Eduard Blasi, abogado experto en Protección de Datos, aclara que la línea para su utilización la marca el derecho a la intimidad de la persona a la que se quiere tener localizada.
Los padres pueden ejercer este tutelaje sobre los hijos pero hasta llegar a un límite, que son precisamente los catorce años. Más allá de esa edad, no utilizar estos dispositivos sin que el hijo o hija tengan conocimiento y den su permiso podría conllevar implicaciones penales o incluso lesiones del derecho a la intimidad del menor. El Código Civil establece que la patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad y con respeto a su integridad física y psicológica. La geolocalización permanente puede interpretarse como una vulneración de ese respeto a la personalidad e integridad psicológica del menor.
En cuanto a la utilización de un teléfono inteligente por parte del menor de edad, se comprende que el propietario del equipo es el padre, madre o tutor que administra el bien. Por tanto, tiene la posibilidad de administrar también el software del mismo, lo que incluiría la instalación de un sistema de geolocalización. Sin embargo, esta potestad legal no elimina la responsabilidad ética de ejercerla con criterio educativo y no meramente restrictivo o controlador.
Tecnología al servicio de la familia o de la vigilancia
La industria ha respondido a la demanda de los padres preocupados con una amplia gama de dispositivos diseñados específicamente para la geolocalización de menores. Relojes inteligentes con GPS, aplicaciones de control parental, pulseras y llaveros con rastreadores satelitales pueblan un mercado en expansión. Estos dispositivos ofrecen funcionalidades que van más allá de la simple localización: permiten definir zonas seguras, recibir notificaciones cuando el niño sale de estas áreas, realizar llamadas limitadas a contactos predefinidos y activar botones de emergencia SOS.
Las empresas que comercializan estos productos destacan sus beneficios para aumentar la independencia de los niños mientras los padres mantienen la tranquilidad. Un informe elaborado por Life360, empresa con más de cincuenta millones de usuarios que permite compartir geolocalización, revela que el 94% de los jóvenes considera que compartir su ubicación tiene un efecto positivo en su vida. Sin embargo, los críticos señalan que estos datos provienen de empresas con interés comercial directo en normalizar la práctica.
Cristina, de 27 años, que vive en México en una región con altos niveles de delincuencia, se niega a utilizar este tipo de tecnologías pese a que varias amigas se lo han recomendado. A ella le da más miedo que existan tecnologías y personas que sepan lo que está haciendo y con quién está en cada momento que los propios criminales. Ve en estas aplicaciones el potencial de un uso tóxico, tanto en parejas como entre padres e hijos o incluso entre amigas. Es una forma de controlarnos a nosotros mismos, concluye, expresando una preocupación que comparten cada vez más voces críticas con la normalización de la vigilancia permanente en las relaciones personales.