Sabina baja del escenario y deja encendida la noche

30 novembre 2025 - 14:58

Joaquín Sabina se despide de los grandes escenarios en Madrid, la ciudad que le ofreció una segunda biografía cuando regresó del exilio y decidió convertir el castellano en una herramienta urbana, rota y brillante a la vez. La noticia tiene algo de íntimo y de público al mismo tiempo. Íntimo para quienes crecieron con sus canciones como calendario sentimental. Público porque su retirada abre una clase de interrogatorio cultural sobre lo que ha sido, y sigue siendo, la canción en español.

Sabina llegó a la música cuando la Transición aún no había aprendido a hablar bajo. Traía consigo el desorden de quien ha visto Londres antes que Sevilla y ha leído a los poetas cuando todavía se discutía si la poesía estorbaba en la canción. Aquel joven que regresó con los bolsillos llenos de rock y versos ajenos no aterrizó para imitar estilos. Aterrizó para reclamar una manera de cantar la ciudad como si fuera un poema con semáforos, taxistas y derrotas domésticas. Desde entonces, Madrid no volvió a sonar igual.

Ningún elogio termina de encajarle porque siempre escribió desde un lugar incómodo. La épica le duraba poco y la solemnidad menos aún. Prefería la ironía al gesto grave, la derrota bien narrada al éxito sin historia. No buscaba héroes. Buscaba camareros que escucharan y mujeres que no volvieran. En ese mundo de fronteras torcidas, el castellano encontró una música sin pulir. Y esa aspereza fue su fuerza.

Hubo excesos, hubo leyenda, hubo ruido. Eso le corresponde al periodismo amarillo y a los biógrafos con prisa. Lo que importa es otra cosa. Importa la forma en que sus letras enseñaron a escribir emociones sin pedir permiso. Importa haber demostrado que una canción puede sostener una ciudad entera sin idealizarla. Importa haber puesto a circular palabras que parecían desgastadas y devolverles brillo con un acento torcido. Sabina fue más que un cantautor. Fue una manera de hablar cuando nadie encontraba las palabras.

Por eso su despedida no se parece a un final. Se parece a un cambio de habitación. Sale del estadio para entrar en una mesa de madera donde siguen esperando las palabras. La voz puede cansarse, pero la lengua que inventó no. Esa lengua mezcla bares y biblioteca, derrota y celebración, amor y caricatura de amor. Una lengua que no aspira a ser correcta sino verdadera. Y ahí reside su permanencia.

 Sabina hizo literatura cantable sin pedir permiso a los guardianes del canon. Probó que una estrofa podía cargar con una biografía y que una rima podía sostener una idea política sin consignas. En tiempos de discursos prefabricados, él escribió como quien salta charcos sin preocuparse por mojarse.

No se despide un cantante. Se despide una época que aprendió a decirse escuchando canciones. Pero eso no significa silencio. Significa que el ruido cambia de sitio. Sabina ha bajado del escenario, pero su voz sigue paseando por los balcones de la memoria colectiva.

Madrid lo ve retirarse con esa mezcla de gratitud y pudor que se reserva a quienes nos enseñaron a crecer sin darnos lecciones. No habrá otra voz como la suya. Pero tampoco hace falta. Bastan sus canciones para seguir creyendo que una ciudad todavía puede escribirse en presente.

Compartir el artículo