Bolivia anula la condena contra Jeanine Áñez y ordena su liberación tras casi cinco años en prisión

06 novembre 2025 - 17:22

El Tribunal Supremo de Justicia de Bolivia ha anulado la sentencia de 10 años de cárcel impuesta a la expresidenta interina Jeanine Áñez por su ascenso al poder en 2019, determinando que se vulneraron garantías del debido proceso y que debió ser juzgada mediante un juicio de responsabilidades reservado a altos cargos. La decisión, adoptada por siete magistrados frente a dos votos en contra, ordena la liberación inmediata de Áñez tras cuatro años y ocho meses de encarcelamiento en el penal de Miraflores de La Paz. El fallo marca un punto de inflexión en uno de los casos más controvertidos de la historia reciente boliviana y se produce días antes del cambio de gobierno que pondrá fin a más de dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo.

El Tribunal Supremo de Justicia de Bolivia anunció el miércoles 5 de noviembre la anulación de la condena de 10 años de prisión contra la expresidenta interina Jeanine Áñez, ordenando su liberación inmediata tras casi cinco años de encarcelamiento. La decisión, comunicada por el presidente del tribunal Romer Saucedo, pone fin a uno de los procesos judiciales más polémicos del país andino y representa un giro inesperado en un caso que simbolizó la profunda polarización política boliviana tras la caída de Evo Morales en 2019. Áñez abandonó el jueves el Centro de Orientación Femenina de Miraflores en La Paz, donde permanecía recluida desde su condena en junio de 2022, acompañada por sus dos hijos y portando una bandera boliviana.

La resolución del alto tribunal se fundamenta en la revisión extraordinaria de sentencia presentada por la defensa de Áñez, que fue respaldada por siete de los nueve magistrados del Supremo, mientras dos votaron en contra. Según explicó Saucedo, la decisión se basa en el principio de retroactividad de la ley, ya que el tipo penal por el cual fue condenada sufrió modificaciones posteriores, lo que no garantizó el derecho al debido proceso. El presidente del tribunal señaló que durante la revisión se detectaron vulneraciones al ordenamiento legal vigente que afectaron tanto el debido proceso como los derechos de la expresidenta. La anulación también responde al argumento de que Áñez, por su condición de expresidenta, debió ser sometida a un juicio de responsabilidades y no a un proceso penal ordinario.

El fallo surge de una revisión extraordinaria elaborada por el magistrado Carlos Ortega, que contó con el visto bueno del resto de jueces del alto tribunal. Saucedo, quien asumió recientemente el liderazgo del Supremo, ha defendido que esta decisión forma parte de una transformación de la Justicia boliviana necesaria para restablecer el equilibrio institucional. La condena original responsabilizaba a Áñez de haber vulnerado el orden constitucional al asumir la presidencia de manera irregular tras la renuncia de Evo Morales en noviembre de 2019, en lo que el oficialismo denominó un golpe de Estado. El proceso conocido como caso Golpe II investigaba la presunta irregularidad en su llegada al poder cuando era segunda vicepresidenta del Senado.

El contexto de la crisis de 2019 

La crisis política que llevó a Áñez al poder se desató tras las elecciones presidenciales de octubre de 2019, cuando las denuncias de fraude electoral a favor de Evo Morales provocaron 21 días de protestas sociales urbanas conocidas como la revolución de las pititas. La Organización de Estados Americanos publicó un informe preliminar que señaló irregularidades muy graves en el cómputo electoral. Las movilizaciones se agravaron con un motín policial y culminaron cuando las Fuerzas Armadas sugirieron a Morales que dejara el cargo. El presidente, quien gobernó Bolivia durante casi 14 años, renunció el 10 de noviembre y partió al exilio, primero en México y posteriormente en Argentina.

La renuncia en cadena de todos los funcionarios en línea de sucesión presidencial creó un vacío institucional. El vicepresidente Álvaro García Linera, la presidenta del Senado Adriana Salvatierra, el primer vicepresidente del Senado Rubén Medinaceli y el presidente de la Cámara de Diputados Víctor Borda dimitieron sucesivamente. En ese contexto, Jeanine Áñez, segunda vicepresidenta del Senado y la más alta autoridad remanente en la línea de sucesión, anunció que asumiría la presidencia temporalmente. El 12 de noviembre se autoproclamó presidenta en una sesión legislativa que careció de quórum por la ausencia de asambleístas del Movimiento al Socialismo. El Tribunal Constitucional respaldó la transición mediante una sentencia constitucional que validó su proclamación.

Áñez gobernó Bolivia durante 361 días, mandato que inicialmente debía concluir el 22 de enero de 2020 pero fue extendido ante la imposibilidad de celebrar elecciones por la pandemia de covid-19. Su administración estuvo marcada por la controversia desde el inicio. Entre el 22 y 25 de noviembre de 2019, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos investigó y constató 36 muertes y más de 500 heridos en las localidades de Senkata y Sacaba, ocasionados por la represión militar avalada por el decreto 4078 promulgado por la presidenta interina. Estos episodios, calificados como masacres por organismos de derechos humanos, generaron condenas internacionales y procesos judiciales posteriores contra Áñez por el uso excesivo de la fuerza.

Los procesos judiciales contra Áñez 

Jeanine Áñez fue detenida en marzo de 2021 dentro del proceso conocido como Golpe de Estado I, iniciado por una exdiputada del Movimiento al Socialismo por la crisis de 2019. La entonces expresidenta fue acusada en ocho casos diferentes relacionados con su asunción del poder y las decisiones tomadas durante su administración interina. En junio de 2022 fue condenada a 10 años de prisión en el marco del caso Golpe II por los delitos de resoluciones contrarias a la Constitución e incumplimiento de deberes. La sentencia la responsabilizó de situarse ilegalmente en la línea de sucesión constitucional cuando la Asamblea Legislativa todavía no había aceptado formalmente las renuncias de sus predecesores.

La defensa de Áñez sostuvo desde el inicio que el proceso fue ilegal y político, argumentando que su mandataria debía ser juzgada mediante un juicio de responsabilidades, procedimiento especial reservado a expresidentes y altos funcionarios que debe conocer primero el Legislativo para su aprobación antes de trasladarlo al Tribunal Supremo para sentencia. Este argumento, rechazado durante años por los tribunales ordinarios, fue finalmente acogido por el Supremo en su reciente resolución. En agosto de 2024, dos tribunales departamentales también anularon los juicios ordinarios contra Áñez por la muerte de civiles durante su gestión en los casos Senkata y Sacaba, trasladando ambos al Poder Legislativo para un eventual juicio de responsabilidades.

La situación de Áñez fue objeto de intenso debate nacional e internacional. Diversos organismos de derechos humanos expresaron reiteradamente su preocupación por el proceso judicial y por las condiciones en las que la expresidenta permanecía privada de libertad. Sus defensores denunciaron persecución política y lawfare, término que refiere al uso de mecanismos judiciales con fines políticos. Por el contrario, el oficialismo del Movimiento al Socialismo y los seguidores de Evo Morales sostuvieron que los acontecimientos de 2019 constituyeron un golpe de Estado y que Áñez debía responder penalmente por haber vulnerado el orden democrático. Esta narrativa dividió profundamente a la sociedad boliviana entre quienes la consideran una usurpadora y quienes la ven como una figura de transición necesaria en medio de una crisis institucional.

Reacciones y contexto político 

Al salir de prisión, Áñez manifestó ante sus seguidores que jamás se arrepentirá de haber servido a su patria cuando la necesitaba. Con un megáfono en mano y portando la bandera nacional, reafirmó la convicción y la buena fe con la que asumió el gobierno. Denunció haber sido tratada como una verdadera delincuente sin compasión alguna y señaló que se tuvo que ir el monstruo para que los administradores de Justicia pudieran actuar conforme a la norma, en referencia a la derrota del Movimiento al Socialismo en las recientes elecciones. La expresidenta, de 58 años, afirmó categóricamente que en Bolivia jamás hubo un golpe de Estado sino un fraude electoral en los comicios de 2019. Su abogado Luis Guillén celebró el cierre de cinco años de persecución judicial y anunció que analizan iniciar demandas.

La decisión del Tribunal Supremo se produce en un contexto político especialmente relevante. Faltan apenas tres días para que el centroderechista Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano, asuma la presidencia de Bolivia, marcando el fin de más de dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo. El nuevo Congreso estará dominado por tres partidos de derecha y centroderecha: el Partido Demócrata Cristiano liderado por Paz, Libre del exmandatario Jorge Quiroga, y Unidad del millonario Samuel Doria Medina. El senador electo Branko Marinkovic, de la agrupación Libre y exministro de Áñez, saludó la decisión judicial como el fin de una etapa de abuso, aunque reconoció que la reciben con esperanza cautelosa.

La liberación de Áñez se suma a la reciente excarcelación de otros opositores detenidos por cargos similares, como Luis Fernando Camacho, líder cívico de Santa Cruz, y Marco Pumari, dirigente potosino. Ambos fueron figuras destacadas en las protestas que derivaron en la caída de Morales en 2019 y posteriormente fueron procesados por el oficialismo por los mismos hechos. Este patrón de liberaciones podría anticipar un nuevo ciclo político en Bolivia, con una revisión general de los casos judiciales contra opositores que el anterior gobierno calificó como responsables del supuesto golpe de Estado. Sin embargo, organizaciones de víctimas de la represión de 2019 han anunciado que presentarán una acusación ante el nuevo Congreso para iniciar un juicio político contra Áñez.

Implicaciones para la justicia boliviana 

La anulación de la condena supone un golpe significativo a la narrativa impulsada por el Movimiento al Socialismo sobre los sucesos de 2019. Durante años, el oficialismo sostuvo que Evo Morales fue víctima de un golpe de Estado orquestado por sectores de derecha con apoyo militar y que Áñez encabezó una usurpación del poder. La resolución del Supremo cuestiona esa versión al reconocer implícitamente que la sucesión presidencial se realizó en el marco constitucional vigente, aunque con irregularidades procesales que ameritaban un juicio de responsabilidades en lugar de un proceso penal común. Este reconocimiento refuerza la postura de quienes sostienen que Morales renunció voluntariamente tras las denuncias de fraude electoral y que Áñez actuó para llenar un vacío institucional.

Más allá de su dimensión política, el caso Áñez reabre el debate sobre la independencia del poder judicial y la utilización de la justicia como herramienta de disputa política en Bolivia. Los críticos del proceso argumentan que la condena fue resultado de presiones políticas del Movimiento al Socialismo y que el Tribunal Supremo tardó años en reconocer vicios procesales evidentes. Por el contrario, sectores afines al anterior oficialismo sostienen que la anulación responde a la llegada de un nuevo gobierno de derecha y representa un acto de impunidad que deja sin justicia a las víctimas de la represión de 2019. Este debate refleja la profunda fractura que atraviesa a la sociedad boliviana respecto a su pasado reciente.

El presidente del Tribunal Supremo, Romer Saucedo, ha defendido que la decisión forma parte de una transformación necesaria de la justicia boliviana para corregir excesos judiciales y restablecer garantías procesales. Sin embargo, la forma en que se produjo la resolución, pocos días antes del cambio de gobierno y tras años de rechazar los mismos argumentos de la defensa, genera interrogantes sobre la verdadera independencia del poder judicial. El caso de Áñez se suma a una larga lista de procesos judiciales en América Latina donde la frontera entre justicia y política resulta difusa, alimentando el escepticismo ciudadano sobre las instituciones democráticas y profundizando la polarización política en sociedades ya fragmentadas.

Bolivia enfrenta ahora el desafío de procesar su pasado reciente sin caer en ciclos de venganza política que debiliten aún más sus instituciones. La liberación de Áñez cierra un capítulo de su historia judicial, pero abre múltiples interrogantes sobre cómo abordar las responsabilidades por las muertes de 2019, cómo garantizar que los procesos judiciales se conduzcan con independencia del poder político, y cómo construir una narrativa compartida sobre acontecimientos que siguen dividiendo profundamente al país. El nuevo gobierno de Rodrigo Paz tendrá la responsabilidad de gestionar estas tensiones en un contexto de expectativas encontradas entre quienes celebran la liberación de la expresidenta y quienes la perciben como un acto de impunidad.

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