La hora asiática del Pacífico: señales de equilibrio tras la tregua

01 novembre 2025 - 15:04

En Gyeongju, la antigua capital del reino de Silla, los líderes del foro APEC sellaron una tregua con el signo de los tiempos: menos confrontación y más cálculo. Tras años de tensiones arancelarias, Estados Unidos y China parecen haber comprendido que ninguna de las dos potencias puede sostener indefinidamente una guerra comercial sin sacrificar su propia arquitectura económica. La llamada Declaración de Gyeongju marca ese cambio de tono y deja al descubierto un desplazamiento más amplio: el Pacífico vuelve a ser el corazón de la globalización, pero con nuevos centros de gravedad.

Donald Trump y Xi Jinping se reunieron antes de la cumbre y pactaron un alto de fuego comercial de doce meses. El gesto, sin embargo, tiene más valor simbólico que práctico. Washington necesita tiempo para recomponer su frente interno y Pekín busca consolidar su influencia en Asia-Pacífico mientras su economía se adapta al envejecimiento demográfico y a la presión tecnológica. De esa tensión surge una agenda menos ideológica y más pragmática: cooperación en inteligencia artificial, movilidad laboral y control de los riesgos de automatización.

México desempeñó un papel inesperado al proponer una regulación ética de la inteligencia artificial. Marcelo Ebrard habló de marcos regionales, de ciberseguridad y privacidad de datos, situando a su país dentro del debate sobre la gobernanza digital. Es una señal de madurez: América Latina ya no acude a Asia solo como exportadora de materias primas, sino como actor con voz propia en temas de regulación tecnológica y sostenibilidad.

Chile, por su parte, hizo visible su vocación de puente. Gabriel Boric aprovechó el encuentro para actualizar el acuerdo estratégico con Canadá y reforzar vínculos en energías verdes e innovación. Su discurso, centrado en el multilateralismo y la cooperación, lo ubica en la línea de los países que entienden el Pacífico no como un tablero de guerra comercial, sino como un espacio de interdependencia.

Mientras tanto, China aprovechó la ausencia temprana de Trump para ocupar el centro del escenario. Xi Jinping se presentó como defensor del libre comercio y del multilateralismo, consciente de que el lenguaje de la cooperación vuelve a ser rentable. En la foto final, Seúl logró mantener el equilibrio entre su socio comercial y su aliado militar, Canadá ensayó una diplomacia de desenganche económico respecto a Washington, y Japón buscó recomponer una relación pragmática con Pekín. La región parece ensayar un equilibrio múltiple, donde cada país ajusta su brújula sin romper alianzas.

El Pacífico dejó de ser frontera y se volvió un laboratorio donde el poder se mide en algoritmos. Las antiguas batallas arancelarias dieron paso a una disputa más silenciosa: la de quienes dictan las normas del futuro. México, Chile y Perú parecen entender que el comercio del siglo XXI no se libra en los puertos, sino en los códigos que gobiernan la inteligencia artificial, la sostenibilidad y la ética digital.

Detrás del lenguaje diplomático, la cumbre de Gyeongju deja una enseñanza sobre la transformación de la globalización. El ciclo actual privilegia la sobriedad frente al exceso, la cooperación frente a la rivalidad y la búsqueda de equilibrio frente a la imposición. Las potencias intentan hallar espacio para respirar en un orden internacional que se redefine a través de la sostenibilidad, la innovación y la coordinación regional.

El próximo encuentro será en Shenzhen, cuna del dinamismo tecnológico chino. Todo indica que el siglo XXI será de quienes entienden el diálogo como forma de poder y no como signo de debilidad, una lección que la cumbre de Gyeongju deja entre líneas.

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