La propuesta del candidato ultraderechista José Antonio Kast de expulsar en avión a los migrantes indocumentados y hacerles pagar su pasaje encendió el debate en Chile. Jeannette Jara, su principal rival, respondió con ironía, pero el fondo del asunto revela un país atrapado entre el miedo, el desencanto y la promesa del control absoluto.
El calendario electoral avanza hacia el 16 de noviembre con una campaña marcada por la inseguridad. En los últimos meses, los delitos violentos se han vuelto un tema cotidiano en las conversaciones y en los noticieros. En ese clima, Kast supo encontrar una bandera: el extranjero como causa del desorden. Su promesa de subir a los migrantes indocumentados a un avión y enviarlos fuera del país, incluso con su propio dinero, le permitió marcar territorio político entre quienes sienten que el Estado ha perdido el control.
Jeannette Jara, candidata de la centroizquierda, calificó la propuesta de “imaginaria” y “poco seria”. Su respuesta buscó mostrar sentido común frente a la retórica del espectáculo, recordando que Venezuela, principal país de origen de los migrantes en Chile, no recibe vuelos de deportación. Sin embargo, más allá de la crítica puntual, el intercambio refleja dos formas de entender la política: una que busca soluciones racionales dentro del Estado de derecho, y otra que promete eficacia inmediata a cualquier costo.
El fenómeno no es exclusivo de Chile. En todo el continente, los discursos sobre seguridad se han convertido en un campo fértil para el populismo punitivo. Desde Buenos Aires hasta Lima, la criminalización del migrante se presenta como un atajo frente a los problemas estructurales de pobreza, desempleo y corrupción. El miedo, amplificado por las redes y los titulares sensacionalistas, produce una ilusión de orden que rara vez se traduce en políticas viables.
En el caso chileno, la realidad contradice la simplicidad del discurso. Según cifras oficiales, la migración irregular alcanza unas 337.000 personas, muchas de ellas en situación de vulnerabilidad extrema. La mayoría busca trabajo, educación o refugio frente a las crisis políticas del norte. Imaginar aviones cargados de migrantes rumbo a destinos que no los recibirían equivale a trasladar la complejidad social al terreno de la fantasía electoral.
Kast interpreta el enojo ciudadano con precisión, pero su propuesta carece de infraestructura, acuerdos diplomáticos y base legal. Su fuerza radica en el símbolo, no en el programa. Convierte el acto de expulsar en una metáfora de autoridad, mientras su adversaria defiende un enfoque pragmático: reforzar fronteras con tecnología, drones y presencia militar, sin renunciar al principio de humanidad.
El debate chileno resume una tensión más amplia: ¿cómo gobernar sociedades que reclaman seguridad sin sacrificar sus valores democráticos? La línea entre el populismo de derechas y la gestión institucional se vuelve difusa cuando la política se rinde ante la lógica del miedo. En este escenario, Jara enfrenta el desafío de transformar su racionalidad en relato, su sensatez en emoción política.
Chile fue, durante décadas, un país que se pensó como ejemplo de estabilidad en la región. Hoy asiste a la erosión de ese relato. Las promesas de prosperidad y orden conviven con el descontento social y la desconfianza hacia las élites. La migración, convertida en espejo del malestar, ocupa el lugar que antes tenían la economía o la desigualdad.
El futuro inmediato del país se jugará en ese equilibrio: entre la tentación de expulsar los problemas y la necesidad de enfrentarlos con inteligencia y empatía. Las fronteras, en definitiva, no solo separan territorios; también revelan el tipo de sociedad que un país quiere construir.