El silencio del pensamiento: Rafael Argullol y el eclipse del humanismo

26 octobre 2025 - 10:50

En una conversación publicada en El País Semanal (26 de octubre de 2025, por Borja Hermoso, fotografía de Caterina Barjau), Rafael Argullol advierte que el verdadero peligro no está en la máquina que piensa, sino en el ser humano que ha dejado de hacerlo. “Primero cedimos la memoria, luego la concentración y, al final, la curiosidad y el deseo”, dice el pensador barcelonés.

En su casa del Eixample, el filósofo y ensayista vuelve a hablar del Renacimiento como quien enciende una lámpara en medio de la oscuridad. Su libro El Quattrocento. Arte y cultura del Renacimiento italiano, reeditado cuarenta años después, no es una nostalgia erudita, sino una provocación: ¿cómo fue posible que, tras la peste y la devastación, una ciudad como Florencia creyera otra vez en el hombre? Argullol mira ese siglo XV italiano —el de Brunelleschi, Masaccio o Botticelli— como la última gran afirmación de dignidad humana antes del largo declive del espíritu. Allí, afirma, nació la modernidad como confianza. Hoy asistimos a su descomposición como vértigo.

Lo inquietante reside menos en el avance de la inteligencia artificial que en el retroceso de la inteligencia humana. Argullol teme el vacío interior que precede a las máquinas. Su advertencia es clara y dolorosa, la tecnología ocupa ahora el lugar que alguna vez fue del alma. La memoria quedó archivada, la reflexión se disolvió en la prisa y el deseo se volvió obediente al algoritmo. El ser humano, que un día quiso ocupar el lugar de los dioses, termina convertido en usuario.

Vivimos rodeados de conocimiento, pero desprovistos de sabiduría. La alfabetización digital ha generado una caricatura del pensamiento, un rumor incesante donde la información se disfraza de verdad.“Estoy seguro de que más del 50 % de los españoles son analfabetos”, dice Argullol sin dramatismo, “porque, aunque sepan leer, ya no están en condiciones de hacerlo”. Lejos de la provocación, encarna el retrato fiel de una época. Leer exige atención, continuidad, respiración, justo lo que la cultura contemporánea ha sacrificado.

La cultura, sostiene el filósofo, no acumula datos; enseña a dudar. En esa duda se esconde la libertad más profunda. El humanismo aparece como una forma de mirar el mundo, una certeza de que el hombre puede pensar, sentir y crear sin tutelas. Ese equilibrio se quebró ante lo que Argullol llama titanismo tecnológico, una carrera hacia la omnipotencia donde las máquinas sustituyen la imaginación y la moral. La tragedia surge cuando el hombre, cansado de sí mismo, celebra su propia sustitución.

De la Florencia de los Médici a la Riad del siglo XXI, señala con ironía, media una distancia moral que muchos han olvidado. Comparar el esplendor del humanismo con la ostentación del petróleo revela la confusión de una época que equipara riqueza con civilización. El Renacimiento fue un acto de afirmación colectiva; nuestro tiempo, una acumulación de dispositivos individuales. Allí, el arte iluminaba la vida; aquí, el espectáculo la reemplaza. Y entre ambas orillas sigue latiendo la misma pregunta: ¿qué significa ser humano cuando lo humano ya no ocupa el centro?

Argullol evita el consuelo fácil y propone una resistencia basada en la belleza esencial, entendida como equilibrio entre contemplación y acción, pensamiento y cuerpo, arte y vida. “La belleza —dice— no es un lujo, es una forma de conocimiento». En una cultura que confunde placer con consumo, su voz suena casi subversiva. Frente al ruido, defiende la lentitud. Frente al olvido, la memoria. Frente a la inteligencia artificial, la inteligencia encarnada.

Su diagnóstico final es el de un médico del espíritu, una sociedad tecnológicamente poderosa pero espiritualmente debilitada. Aun así, persiste la esperanza. Argullol escribe porque confía en la palabra como refugio de la curiosidad perdida. “La cultura sirve para que dudes y para que te enriquezcas”, recuerda. En esa frase se resume un programa de salvación. A través de la cultura, como a través del arte del Quattrocento, el ser humano puede vivir varias vidas. Quizá ese sea el último lujo del pensamiento.

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