El presidente uruguayo Yamandú Orsi culminó su visita a Europa con una audiencia privada con el Papa León XIV. El encuentro simboliza la voluntad de Uruguay de recuperar presencia moral y diplomática en el escenario internacional.
Cuando la política exterior se guía por la desconfianza y la lógica de los bloques, la escena resultó insólita con un presidente del Cono Sur, formado en la tradición laica del Frente Amplio, sentado frente a un Papa de nacionalidad peruana pero nacido en Estados Unidos. La cita, celebrada el 17 de octubre en el Vaticano, resumió la vocación multilateralista que Orsi busca imprimir a su gobierno. La conversación giró en torno a tres ejes: seguridad alimentaria, paz y cooperación internacional.
Uruguay había intervenido días antes ante la FAO para sumarse a la iniciativa de asistencia alimentaria para Gaza, un gesto que fue leído en Roma como un intento de devolverle protagonismo humanitario a la diplomacia uruguaya. De allí el simbolismo de la escultura que Orsi entregó al pontífice: una paloma de la paz del artista Pablo Atchugarry, hecha en mármol blanco, que ahora reposa en un patio interior del Vaticano.
Un mensaje desde el sur
Lo relevante de este episodio reside menos en la liturgia diplomática y más en su trasfondo político. Hoy, cuando el multilateralismo parece una consigna hueca entre las potencias, Uruguay lo rescata como principio de acción y no como eslogan. Orsi lo dijo con claridad: “El Papa defiende el multilateralismo, y eso nos reconfort». La frase resume la necesidad de construir alianzas éticas más que ideológicas.
El encuentro también abordó un asunto incómodo: la reciente legalización de la eutanasia en Uruguay. Orsi relató que el Papa conocía la ley y las diferencias expresadas por el arzobispo de Montevideo. Hablar de ese tema en Roma, sin ocultar posiciones, fue un gesto de madurez democrática. Ninguno de los dos trató de convencer al otro; bastó el reconocimiento mutuo de que la ética pública puede convivir con la fe privada.
Entre la fe y la política
León XIV, el primer pontífice latinoamericano nacido fuera del continente, ha intentado devolver a la Iglesia un lenguaje social sin nostalgia. Su encuentro con Orsi lo confirma: el catolicismo político y la izquierda laica pueden dialogar en torno a las urgencias del planeta —el hambre, la guerra, la desigualdad— sin necesidad de una comunión doctrinal.
Para Uruguay, este episodio refuerza su perfil internacional como país de equilibrios, capaz de dialogar con Washington, Bruselas o Pekín sin perder su identidad sudamericana. Tras la visita al Vaticano, Orsi viajó a Bruselas para continuar las conversaciones sobre el acuerdo Mercosur-Unión Europea. Lo religioso y lo económico se unieron así en un mismo viaje: diplomacia espiritual y realpolitik.
Una política exterior de escala humana
Orsi busca proyectar la imagen de un Uruguay confiable, previsible y humanista. Prefiere la coherencia al poder como signo de su política exterior. En tiempos de polarización continental, la apuesta por el multilateralismo puede parecer ingenua, pero es también una manera de recordar que el tamaño de un país no define su influencia moral.
Los gestos —una paloma tallada, una conversación franca, una invitación papal aún sin fecha— no son irrelevantes. En la era del cinismo político, donde todo se mide por costo y beneficio, gestos así pueden reconstruir la confianza perdida entre diplomacia y humanidad.
El diálogo entre Orsi y León XIV fue breve, pero suficiente para devolverle a la política una palabra que parecía desterrada: reconfortar. Quizá ahí se encuentre su verdadero valor.