El sacerdote que conoció al rey por no nombrarlo

17 juin 2025 - 21:42

Se cuenta —y aún se recuerda en ciertos obispados— que un viejo sacerdote, de palabra serena y rostro pálido, solía predicar todos los domingos en la catedral principal de una ciudad del reino. En cada misa mayor, al final de la homilía, pedía con fervor por la salud del soberano: «Roguemos al Señor por nuestro rey cristianísimo, para que gobierne con sabiduría, justicia y temor de Dios”.

El padre era conocido por su entrega, su discreción y su fidelidad. Nunca faltaba a la misa, ni siquiera cuando llovía sobre las tejas rotas del templo. Los notables de la ciudad lo respetaban: el obispo, el alcalde, los oficiales del cabildo. Todos lo veían como parte del paisaje eclesiástico, tan firme como el púlpito de roble desde el que hablaba.

Pero un domingo, víctima de una fuerte migraña, acortó la homilía. Al terminar, se olvidó —por primera y única vez— de incluir la oración por el rey. Celebró la Eucaristía con dificultad y se retiró a su celda sin imaginar que, apenas acabada la misa, uno de los canónigos ya había enviado recado al palacio. El rumor no tardó en llegar a oídos de los cortesanos. Alguien exageró la omisión: se habló de herejía, de deslealtad, de sedición encubierta.

Antes del atardecer, cuatro soldados tocaron la puerta de la residencia parroquial y lo llevaron, sin decir palabra, al castillo real. Allí, entre tapices y estandartes, fue conducido ante el rey.

El sacerdote pidió hablar, y el rey, curioso, se lo permitió. Dijo entonces el viejo clérigo:

—Majestad, desde hace muchos años oro públicamente por vos cada domingo. Pido al cielo que os conceda larga vida, buen juicio y corazón compasivo. Nunca he recibido una carta de agradecimiento, ni un gesto de reconocimiento, ni siquiera una mirada de lejos. Pero hoy, que por enfermedad olvidé vuestro nombre durante unos segundos, me traen ante vos como si fuera un criminal. Bendito sea Dios, que me ha dado por fin esta oportunidad de conoceros en persona. Gracias por vuestra atención.

El rey, que aún tenía algo de alma en el cuerpo, sonrió primero, luego rio, y finalmente lo despidió con un gesto amable. Ordenó que se le subiera la asignación parroquial y que se le llevara a casa con honores, acompañado por una escolta.

Y desde entonces, dicen, nunca volvió a olvidar el nombre del rey. Pero tampoco el rostro de quien sólo se acordó de él cuando cometió un error.

 

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