Tras una década, Reino Unido, Alemania y Francia reactivaron sanciones contra Irán por incumplimientos en su programa nuclear. La decisión refleja la fragilidad del multilateralismo y plantea interrogantes sobre la estabilidad en Medio Oriente y el papel de Estados Unidos.
Diez años después, las sanciones internacionales regresan al corazón de Teherán. La activación del mecanismo de reimposición por parte de Reino Unido, Alemania y Francia devuelve a Irán al escenario de confrontación diplomática que parecía encauzado tras el acuerdo nuclear de 2015. Con esta decisión, Europa marca un límite a los desvíos de un programa que, a pesar de los compromisos, ha continuado expandiendo sus márgenes de enriquecimiento de uranio.
La reacción iraní no se hizo esperar. Convocó a los embajadores europeos en Teherán y denunció la medida como injustificada. El trasfondo es una erosión constante del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), que había sido diseñado para contener la capacidad nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones económicas. La retirada de Estados Unidos en 2018, impulsada por Donald Trump, marcó el inicio del colapso. Desde entonces, Irán ha intensificado sus actividades nucleares mientras la comunidad internacional multiplica advertencias.
El retorno de las sanciones europeas no solo tensiona a Irán, también reabre un dilema global: ¿qué peso real conserva el multilateralismo en un mundo marcado por la fragmentación geopolítica? Mientras Rusia y China buscan acercarse a Teherán, Europa se aferra a una estrategia de presión que intenta mantener viva una arquitectura de seguridad en descomposición.
Para América Latina, estas dinámicas no son distantes. La región observa cómo el debilitamiento de la ONU y de los grandes acuerdos multilaterales deja a los países en mayor vulnerabilidad frente a las tensiones entre potencias. Además, Irán mantiene vínculos políticos y comerciales con países latinoamericanos, lo que podría derivar en nuevas presiones diplomáticas desde Washington y Bruselas.
En este tablero, la narrativa de Teherán apela a la victimización y a la denuncia de “hipocresía occidental”. Sin embargo, su programa nuclear avanza en una dirección que preocupa incluso a actores no alineados. La percepción de que el régimen persa utiliza el acuerdo como palanca mientras gana tiempo refuerza la decisión europea.
El regreso de las sanciones contra Irán constituye un nuevo capítulo de su larga disputa nuclear y al mismo tiempo un síntoma de un orden internacional en crisis, donde los acuerdos pierden peso, los liderazgos se fragmentan y los riesgos de escalada se multiplican. Para América Latina la lección resulta evidente, la fragilidad del multilateralismo repercute en todos, incluso en quienes observan el conflicto desde la distancia.