La guerra en Gaza, con su caudal de imágenes de destrucción y su saldo humano devastador, ha adquirido en América Latina un eco particular. La región, marcada por dictaduras, exilios y luchas de liberación, proyecta sobre Palestina su propia memoria de agravios y de búsquedas inconclusas de soberanía. Los discursos pronunciados en la Asamblea General de la ONU en septiembre no fueron un trámite diplomático rutinario, ya que varios presidentes latinoamericanos asumieron un tono frontal contra Israel y, en consecuencia, contra la política exterior de Estados Unidos. La cuestión palestina se convirtió en un espejo donde América Latina mide su autonomía y revisa el alcance de sus alianzas internacionales.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, llevó esa voz a un extremo inusual. No se limitó a denunciar lo que calificó como genocidio ni a acusar a Washington de incumplir el derecho internacional. Fue más lejos al anunciar que en su país se abriría una lista de voluntarios para luchar por Palestina y al declarar que, de ser necesario, él mismo se sumaría. La afirmación, que generó sorpresa y críticas internas, ilustra la radicalidad de un discurso que busca marcar distancia con Estados Unidos en un momento en que su propio visado fue revocado por el Departamento de Estado. Petro convierte el caso palestino en bandera de una cruzada política que mezcla desafío simbólico, apuesta retórica y riesgo diplomático.
Gabriel Boric, presidente de Chile, adoptó una línea distinta pero igualmente firme. Desde la tribuna de Naciones Unidas condenó con dureza la violencia israelí y pidió un cese inmediato de las operaciones militares en Gaza. En un país que alberga a una de las comunidades palestinas más grandes fuera del mundo árabe, sus palabras encontraron un eco amplio. Gabriel Boric había mostrado desde su campaña presidencial una cercanía constante con las demandas palestinas, y su intervención en Naciones Unidas confirma la coherencia de un posicionamiento que conecta con una sensibilidad arraigada en parte de la sociedad chilena.
En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva se mueve con mayor cálculo. Ha criticado los excesos de Israel y reclamado un alto al fuego aunque sin romper puentes con Washington. La diplomacia brasileña, que busca recuperar un papel de mediador global, considera que el reconocimiento del Estado palestino es inevitable. El tono de Lula varía según el escenario, endureciéndose en foros del Sur global y suavizándose en encuentros con potencias occidentales. Brasil apuesta a preservar su margen de maniobra, consciente de que su liderazgo regional depende tanto de la capacidad de confrontar como de la habilidad para tender puentes.
México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, mantiene la tradición de respaldar una solución de dos Estados y rechazar la ocupación. La postura mexicana se expresó en la ONU con un tono firme pero sobrio, en línea con la diplomacia histórica del país que privilegia el derecho internacional como brújula. La voz de México, sin estridencias, se sumó al coro latinoamericano que pide reconocimiento y justicia para Palestina. A estas posiciones se sumó la acción española bajo el gobierno de Pedro Sánchez: su Ejecutivo envió una flotilla humanitaria a Gaza con el objetivo de proteger a ciudadanos españoles y reafirmar la solidaridad con el pueblo palestino ante la violencia que asola la Franja. Por su parte, Felipe VI aprovechó su intervención en la Asamblea General para exigir un alto el fuego inmediato en Gaza, denunciar la “aberrante masacre” contra la población civil y subrayar la urgencia de respetar el Derecho Internacional Humanitario. El monarca español defendió además que la solución de dos Estados sigue siendo la única vía realista hacia una paz justa y duradera.
La dureza de los discursos latinoamericanos contrasta con la prudencia de otras regiones. Mientras varias cancillerías del Norte se aferran a fórmulas de contención, América Latina verbaliza indignación y exige acciones concretas. Los matices se hacen visibles en la forma de abordar el problema. Colombia eleva la voz en tono combativo, Chile interpela desde la memoria de su diáspora palestina, Brasil mide cada palabra en función de sus ambiciones globales y México insiste en el derecho internacional como principio rector. La convergencia, sin embargo, se ubica en el núcleo del mensaje: Palestina debe ser reconocida y la violencia en Gaza debe cesar.
El llamado de Petro a formar brigadas de voluntarios tiene resonancias históricas, ya que recuerda las solidaridades internacionales que en el siglo XX llevaron a latinoamericanos a luchar en la guerra civil española o en procesos de liberación africanos. La diferencia está en que esta vez la invitación proviene de un jefe de Estado en funciones, con todas las implicaciones diplomáticas que ello conlleva. Lo que para algunos representa un gesto de coherencia con una postura antimperialista, para otros resulta un acto de temeridad que puede comprometer la relación con el principal socio comercial y militar de Colombia. La épica se convierte en pragmatismo cuando en juego están los mercados, la cooperación en seguridad y la estabilidad interna.
Lo que emerge de este mosaico de voces es una narrativa latinoamericana que se reconoce en Palestina. La región se identifica con la lucha contra la ocupación, con la resistencia frente a la asimetría del poder y con la aspiración a una soberanía plena. En el trasfondo hay una lectura crítica del orden internacional que cuestiona la incapacidad de la ONU para garantizar el respeto a sus propias resoluciones y deja en entredicho el papel del derecho internacional. América Latina, marcada por su experiencia de dependencia y de presiones externas, se permite denunciar esa incoherencia desde un lugar de autoridad moral.
La autoridad moral, sin embargo, no cambia por sí sola el curso de los hechos. Los discursos en la ONU visibilizan, conmueven, generan titulares y rara vez modifican la dinámica de los conflictos. La clave está en convertir esa indignación en política exterior concreta con reconocimiento oficial del Estado palestino, apoyo en organismos multilaterales, iniciativas de cooperación y presión diplomática sostenida. En ese terreno, los gobiernos latinoamericanos enfrentan el desafío de transformar su retórica en acción y de sostener una estrategia que vaya más allá de la coyuntura.
Palestina, vista a través de los ojos de América Latina, aparece como espejo y también como advertencia. Espejo porque refleja la experiencia compartida de exclusión, resistencia y búsqueda de reconocimiento. Advertencia porque muestra los límites de la política discursiva cuando no se acompaña de estrategias de poder. El desafío para la región consiste en articular una agenda común que otorgue peso real a su palabra en los foros internacionales. De esa manera, el eco de Palestina en América Latina podrá pasar de ser un gesto digno a convertirse en una fuerza con capacidad de incidir en el escenario global.