La noche de San Juan en España vuelve a brillar con una de sus tradiciones más enigmáticas: el “salto del fuego”. En el pequeño pueblo de San Pedro Manrique, en la provincia de Soria (norte del país), decenas de personas celebraron el 24 de junio caminando descalzas sobre brasas ardientes, en una ceremonia que mezcla rituales paganos, fervor popular y algo de espectáculo turístico.
Entre los momentos más esperados está el paso de hombres que, uno a uno, cruzan sobre las brasas incandescentes cargando a mujeres sobre los hombros. La escena no es solo un acto de valor: se interpreta como un símbolo de purificación, de vínculo y de continuidad comunitaria. En teoría, nadie debería quemarse los pies si lo hace con fe y determinación.
El evento, que se desarrolla cada año durante la noche de San Juan, tiene raíces precristianas y ha sobrevivido a siglos de modernización. Aunque en otras regiones la festividad se celebra con hogueras en playas y plazas, lo de San Pedro Manrique destaca por su singularidad. Las autoridades locales y los vecinos se encargan de preparar el escenario: una gran pira que se convierte en alfombra de brasas incandescentes para la medianoche.
Este año, como en anteriores ediciones, la prensa y algunos curiosos se acercaron a documentar el ritual. Las imágenes de cuerpos avanzando sobre el fuego han dado la vuelta al mundo, como recordatorio de una España profunda que sigue dialogando con sus símbolos ancestrales. Más que folclore, el salto del fuego es una coreografía de memorias, transmitida de generación en generación, sin más instrucciones que el instinto y el coraje.
Mientras Europa mira al futuro, en los pueblos castellanos las huellas siguen escribiéndose sobre cenizas vivas.