24 de septiembre de 1493: Colón parte de Cádiz en su segundo viaje

24 septembre 2025 - 14:29

La fecha se graba con la tinta ambigua de las efemérides, 24 de septiembre de 1493, aunque algunos cronistas escribieron el 25. Más allá de la exactitud del calendario, lo que queda es el gesto de zarpar. Cristóbal Colón partió de Cádiz con diecisiete naves y más de mil doscientos hombres en lo que sería su segundo viaje. El primero había sido aventura incierta y asombro inicial; el segundo se concibió como empresa de arraigo, con semillas, reses, caballos y sacerdotes. La Corona de Castilla buscaba algo distinto: consolidar una presencia estable, convertir la exploración en posesión efectiva y abrir el camino de la colonización.

Ese día, los mares comenzaron a cargarse con otra intención. Colón lo intuyó en las cartas enviadas poco después desde La Isabela: “se comenzaron a sembrar huertas y a poblar la tierra”. Bartolomé de las Casas, testigo y luego conciencia, escribiría en su Historia de las Indias que el almirante “trajo consigo muchos más hombres, con intención de hacer población y asiento”. No era un simple regreso. Era la transformación del océano en puente y de las islas en escenario de un dominio que se anunciaba perpetuo.

El tamaño de la flota revela el salto cualitativo. Tres carabelas en 1492, diecisiete barcos en 1493. La escala habla más que las cifras. La primera travesía había abierto una herida en la geografía, la segunda comenzaba a cicatrizarla con enclaves, murallas y plazas de armas. La Isabela, fundada en la isla La Española, surgió como poblado de madera y piedra y se convirtió en la primera corte, la primera justicia, el primer ensayo de trasladar Europa a otro suelo. Hernando Colón recordaría que allí “se asentó la primera corte y justicia”, con el tono orgulloso de quien contempla un principio.

Pero ese principio llevaba incrustado un germen de violencia. Los mismos barcos que transportaban trigo y cebada llevaban armas y cadenas. Los mismos religiosos que predicaban la fe portaban también la idea de que la salvación requería obediencia. El segundo viaje trajo consigo la promesa de un contacto continuo, pero también la certeza de un choque prolongado.

El mar, que hasta entonces había sido frontera, se convirtió en arteria. Desde 1493, Europa y América quedaron unidas por un tráfico incesante de hombres, plantas, animales y lenguas. El maíz y la yuca cruzaron hacia el Viejo Mundo, mientras el caballo y la caña de azúcar llegaron a las islas caribeñas. Ese intercambio que la historiografía bautizó como “colombino” fue también la primera globalización. En sus bodegas viajaban alimentos y herramientas junto con nuevas jerarquías, enfermedades desconocidas y formas inéditas de dominio.

La Isabela simboliza bien la ambivalencia de aquel impulso. Por un lado, encarnó la esperanza de fundar un mundo nuevo, por otro, se convirtió pronto en escenario de hambre, epidemias y disputas. De las Casas anotó que “se hicieron esclavos muchos indios que nunca habían hecho mal a cristianos”, y esas líneas resuenan como denuncia temprana del sistema que nacía. La expedición de 1493 inauguró el contacto permanente, pero también el sometimiento sistemático.

No se trató únicamente de un hecho americano. Europa también se transformó. Castilla consolidó su posición en el Atlántico, obligó a Portugal a renegociar con el tratado de Tordesillas y abrió la carrera por un dominio planetario. En ese juego, las Antillas fueron laboratorio de un imperio que más tarde abarcaría continentes enteros.

La efeméride no cabe en el casillero escolar de “descubrimiento”. Es más bien la marca de un tránsito. El océano dejó de ser frontera y se volvió avenida de ida y vuelta. Los pueblos originarios dejaron de ser encuentro ocasional para convertirse en sujetos forzados de una nueva economía. El calendario recuerda que en septiembre de 1493 comenzó una etapa de permanencia: Europa ya no llegaba solo para mirar, llegaba para quedarse.

Simbolismo y contradicción se cruzan en esa fecha. Por un lado, el impulso de explorar, sembrar, erigir ciudades. Por otro, la sombra de la explotación y el conflicto. Cada septiembre, cuando se evoca la partida desde Cádiz, resuenan la voz de Colón y también las de quienes cargaron con el costo de aquella empresa. El tiempo histórico se mide por esos dobleces, la apertura de un mundo compartido y la herida de una desigualdad persistente.

La memoria de ese segundo viaje obliga a contemplar el legado sin ingenuidad. Fue el inicio de un diálogo de siglos entre continentes, pero también el comienzo de una asimetría que aún persiste. Entre huertas sembradas y pueblos reducidos, entre caballos desembarcados y lenguas silenciadas, se tejió la trama de lo que llamamos modernidad.

El 24 o el 25 de septiembre de 1493, Cádiz despidió una flota que iba a inaugurar la permanencia europea en América. La historia la recuerda como un hito de la navegación. La conciencia la reconoce como el umbral de una transformación que aún nos envuelve.


Para leer más

    • Colón, Cristóbal. Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales. Ed. Consuelo Varela. Madrid, Alianza Editorial, 1982 (2ª ed. 1984).

    • Las Casas, Bartolomé de. Historia de las Indias. Ed. Agustín Millares Carlo; est. prelim. de Lewis Hanke. México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

    • Colón, Hernando (Fernando). Vida del almirante don Cristóbal Colón. Ed., pról. y notas de Ramón Iglesia. México, Fondo de Cultura Económica, 1947.

    • Fernández-Armesto, Felipe. Colón. Trad. Juan Faci. Barcelona, Crítica, 1992.

    • Chaunu, Pierre. Conquête et exploitation des nouveaux mondes. Paris, Presses Universitaires de France, 1969.

Compartir el artículo