Lula acusa a Israel de exterminio del pueblo palestino en la ONU

23 septembre 2025 - 10:59

El presidente brasileño acusó a Israel de perpetrar un exterminio contra el pueblo palestino en Gaza y denunció la parálisis del Consejo de Seguridad. Sus palabras, en un foro marcado por el reconocimiento del Estado palestino por parte de Francia y otros países, revelan la fractura global y el lugar que América Latina busca ocupar en este debate.

La Asamblea General de la ONU volvió a ser el escenario donde se mide el pulso diplomático y la legitimidad de los discursos. Con un discurso de cinco minutos, Lula denunció que en Gaza se está exterminando al pueblo palestino y tratando de aniquilar su sueño de Estado propio».  Sus palabras, que evocan el lenguaje más duro empleado hasta ahora por un jefe de Estado latinoamericano en este conflicto, marcaron un contraste con la tibieza de otros discursos que apelan a la neutralidad o al cálculo estratégico.

Lula recordó que tanto Israel como Palestina tienen derecho a existir. Lo que aparenta equilibrio se transforma en reproche al recordar que el Estado palestino sigue sin nacer más de setenta años después del plan de partición de la ONU. Con su intervención, el mandatario brasileño interpeló tanto a Tel Aviv y a Washington como al sistema internacional en su conjunto, al denunciar que el veto en el Consejo de Seguridad es un obstáculo estructural para la paz.

El discurso coincidió con un gesto histórico: Emmanuel Macron oficializó el reconocimiento de Palestina por parte de Francia, sumándose a la decisión reciente de Australia, Canadá, Portugal y el Reino Unido. Con ello, la vieja Europa busca recuperar un protagonismo que Estados Unidos cede cada vez que bloquea resoluciones en defensa de la población civil palestina. Macron lo dijo sin ambages: reconocer a Palestina no resta nada a Israel, sino que afirma la dignidad de un pueblo que reclama su lugar en el concierto internacional.

La intervención de Lula debe leerse en dos planos. En el interno, responde a su tradición política y a una base social que siempre ha visto en la causa palestina un espejo de las luchas contra la opresión. En el externo, busca situar a Brasil como potencia media con voz propia, capaz de cuestionar a las grandes potencias y de proponer un multilateralismo más equitativo. La denuncia de genocidio, sustentada en informes de comisiones de la ONU, es también un gesto de desafío frente a Estados Unidos, que ha preferido blindar a Israel con vetos reiterados en el Consejo de Seguridad.

La reacción no tardó. La Confederación Israelita de Brasil calificó las acusaciones de Lula como “mentirosas” y antisemitas, recordando los riesgos de utilizar un lenguaje cargado de historia y dolor. Desde la perspectiva israelí, exigir la devolución de rehenes y el desarme de Hamás debería ser la prioridad de cualquier propuesta seria de paz. Pero el presidente brasileño optó por situar en primer plano el sufrimiento civil palestino, con cifras demoledoras sobre hambre y desplazamiento forzado, reforzando así su narrativa de condena moral.

En este contexto, América Latina vuelve a hacerse visible en el mapa diplomático. El reconocimiento de Palestina por parte de gobiernos europeos abre una ventana para que la región articule una posición común más clara, alejándose del silencio cómplice o de la retórica vacía. Brasil, con Lula, aspira a liderar esa voz, aunque el camino no está exento de costos: tensiones con Estados Unidos, cuestionamientos internos y la necesidad de equilibrar un discurso contundente con una práctica diplomática viable.

El multilateralismo atraviesa uno de sus momentos más frágiles, acosado por las guerras, los vetos y la desconfianza entre bloques. Que un presidente latinoamericano se atreva a nombrar las cosas por su nombre no garantiza soluciones, pero obliga a otros a salir de la comodidad del cálculo. La pregunta de fondo es si la ONU puede recuperar la capacidad de cumplir el mandato para el que fue creada: impedir que atrocidades como las que vemos hoy en Gaza se repitan.

La voz de Lula coloca a Brasil y, por extensión, a América Latina en el corazón de un debate que definirá el futuro del orden internacional. Cuando el poder se distribuye de manera tan desigual, decir las cosas sin rodeos equivale a ejercer política.

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