La edición 67 de los Premios Ariel, celebrada en Puerto Vallarta, se transformó en una ceremonia donde el cine y la política caminaron juntos. Las estatuillas y los discursos revelaron un país herido que se expresa a través de sus películas y de sus artistas.
La gran ganadora de la noche fue Sujo, dirigida por Astrid Rondero y Fernanda Valadez, que obtuvo el premio a Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Coactuación Femenina. Su relato de un niño huérfano que intenta escapar del legado violento de su padre sicario fue reconocido no solo por su calidad cinematográfica, sino por su resonancia social en un México marcado por la violencia.
El escenario, sin embargo, fue tomado por discursos cargados de contenido político. Raúl Briones, Mejor Actor por La cocina, calificó a Donald Trump de “dictador” y denunció la violencia contra migrantes. El director Alonso Ruizpalacios habló de los efectos de las huelgas en Estados Unidos y de cómo los aranceles han golpeado a la industria mexicana. Yibrán Asuad, al recibir el premio a Mejor Edición, pidió un minuto de silencio por Gaza y levantó una kufiya como gesto de solidaridad, generando una ovación.
La ceremonia estuvo atravesada por símbolos. Varios nominados portaron el pañuelo palestino en la alfombra roja y en la gala, mientras otros dedicaron sus premios a las víctimas de la violencia en México y a las madres buscadoras. El cine se presentó como espacio de memoria, denuncia y resistencia cultural.
Pedro Páramo, la gran apuesta de Netflix con Rodrigo Prieto al frente de la fotografía, se llevó siete premios técnicos, aunque quedó fuera de las categorías centrales. El reconocimiento a Guillermo del Toro, quien recibió la Medalla al Mérito Cinematográfico junto a Amores perros, añadió un momento de celebración histórica. Del Toro, en un mensaje grabado, recordó que “un árbol sin raíces no es árbol” y reivindicó su fe en el cine hecho en México.
Los Ariel 2025 dejaron la sensación de que el cine mexicano no se conforma con entretener ni con aplaudir su propio talento. En un país donde la violencia, la desaparición y la censura marcan la vida cotidiana, la gala se convirtió en tribuna política y cultural. Puerto Vallarta fue testigo de una noche en que los creadores mexicanos usaron el micrófono como herramienta de memoria y denuncia, y en que el cine reafirmó su papel de conciencia crítica de la sociedad.