Al-Ándalus, espejo histórico para los desafíos de la pluralidad

19 septembre 2025 - 09:56

El historiador y ensayista Juan Miranda propone una lectura cultural de al-Ándalus como referencia histórica para reflexionar sobre la convivencia en las sociedades diversas del presente.

Ninguna sociedad medieval conoció una pluralidad étnica, religiosa y cultural tan amplia como la experimentada en al-Ándalus. Este fenómeno abarcó la vida religiosa, social, política y otros ámbitos. Nos encontramos ante un auténtico “mosaico de minorías”, lo que plantea una cuestión central:
¿puede la experiencia andalusí servir de inspiración para alcanzar la convivencia en las sociedades occidentales contemporáneas, igualmente caracterizadas por su diversidad?

I. El inicio de la convivencia: del rechazo visigodo a la acogida musulmana
Cristianos y judíos, habitantes originarios de la península ibérica, recibieron favorablemente a los conquistadores musulmanes —árabes orientales y bereberes magrebíes— desde comienzos del siglo VIII. A diferencia de los visigodos, que actuaban como colonizadores ajenos al entorno local por su origen, lengua, religión y cultura germánica, los musulmanes respetaron la fe y las costumbres de las poblaciones nativas.
Las fuentes narran, por ejemplo, la visión del profeta que tuvo Musa ibn Nusayr, exhortándole al buen trato hacia los “ahl al-dhimma”. Su hijo, ʿAbd al-ʿAzīz ibn Musa, primer gobernador andalusí, firmó incluso un pacto con el conde cristiano Teodomiro, garantizando a los suyos el respeto de religión, bienes y costumbres.

II. Tolerancia religiosa: de la teoría a la práctica
La tolerancia religiosa se convirtió en sello de al-Ándalus. Cristianos pudieron predicar libremente su fe entre los suyos, incluso con mayor libertad que en algunos reinos cristianos. El caso del obispo Alonso de Mella, perseguido en Castilla y refugiado en Granada, ilustra ese clima.
Musulmanes respetaron también el credo judío y cristiano, así como sus leyes internas: se les permitía ser juzgados por jueces de su confesión y elegir a sus líderes religiosos y fiscales. Existía incluso un alto funcionario cristiano, el Defensor, encargado de velar por los intereses de su comunidad, antecedente del actual Defensor del Pueblo en España.

III. Convivencia social: vecindad, amistad y costumbres compartidas
Aunque existían barrios específicos para minorías, como la judería (mellah), la norma general era la proximidad vecinal entre musulmanes, judíos y cristianos. Juristas y ulemas vivían junto a vecinos de otras confesiones, compartiendo amistad y visitas. Se dieron casos de herencias legadas a amigos de otra fe, como documentan autores como al-Turtushi e Ibn al-Abbār.
En las grandes ciudades, el mestizaje social alcanzó niveles profundos: la lengua, la vestimenta y las costumbres eran comunes, hasta el punto de dificultar distinguir la religión de las personas. Musulmanes celebraban fiestas cristianas como la Pascua o la Natividad, e incluso de estas prácticas nació la tradición del “Mawlid” (nacimiento del Profeta), que desde Ceuta se expandió al Magreb y luego al resto del mundo islámico.

IV. Participación política: minorías en el corazón del poder
Los gobernantes musulmanes integraron a judíos y cristianos en la administración y el ejército. Según Ibn Jaldún, el emir omeya al-Ḥakam I contaba con cinco mil soldados cristianos, decisivos durante la revuelta del arrabal en Córdoba (818).
Cristianos ocuparon cargos de gran relevancia: Gómez ibn Ityán fue visir del emir Muḥammad I en el siglo IX y destacó como científico; el obispo Recemundo, astrónomo y autor del “Calendario de Córdoba”, representó al califa ʿAbd al-Raḥmān III ante el emperador Otón I.
Dinastías magrebíes continuaron esta práctica. Los almorávides formaron un cuerpo militar llamado “jund al-rūm”, y los almohades confiaron también en cristianos para altos mandos. Por su parte, los judíos alcanzaron cargos ministeriales de primer orden, como Samuel ibn Nagrella en Granada bajo los ziríes, seguido por su hijo Yūsuf, o los miembros de la familia Ḥadā en Zaragoza bajo los Banū Hūd.

La experiencia de al-Ándalus pone de manifiesto una convivencia tridimensional: en el ámbito religioso, con un respeto institucionalizado hacia credos distintos; en el ámbito social, caracterizado por la vecindad, la amistad y las prácticas culturales compartidas; y en el ámbito político, donde las minorías participaron activamente en las estructuras de poder. Si bien este modelo no estuvo exento de tensiones y rupturas, la historia andalusí demuestra que la diversidad, lejos de constituir un obstáculo, puede convertirse en un motor de creatividad y cohesión, ofreciendo así un legado que invita a repensar los modelos de integración en las sociedades contemporáneas, donde el desafío de la pluralidad sigue ocupando un lugar central en el debate.

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