América Latina “libre de conflictos”: entre la narrativa de Pekín y las tensiones de la región

18 septembre 2025 - 11:12

En el Foro de Xiangshan, la gran cita anual de diplomacia militar que organiza China, expertos latinoamericanos subrayaron esta semana que América Latina y el Caribe constituyen hoy una región “libre de conflictos armados interestatales”. La afirmación, aplaudida por la audiencia asiática, ofrece una imagen de estabilidad que resulta valiosa en un mundo agitado por guerras abiertas, pero también plantea interrogantes cuando se contrasta con la experiencia cotidiana de millones de latinoamericanos.

El académico argentino Francisco Cafiero insistió en que, a diferencia de otras regiones sometidas a guerras abiertas o a carreras armamentistas, América Latina se caracteriza por la ausencia de enfrentamientos militares entre Estados y por la inexistencia de programas de armas de destrucción masiva, un rasgo que, en su opinión, define el perfil singular de la región en el escenario internacional. Su colega chileno Fulvio Queirolo añadió que en la región existen tensiones, pero no guerras, porque se han buscado soluciones por la vía diplomática. Y el ecuatoriano Lauro Patricio Pozo Acosta llevó la reflexión a otro nivel al advertir que el desplazamiento del dinamismo económico hacia el Pacífico multiplica las disputas estratégicas entre Washington y Pekín, situando a la región en el centro de esa competencia global.

La narrativa de la paz regional, más que un simple diagnóstico sobre la ausencia de guerras, adquiere una dimensión simbólica porque permite a América Latina proyectarse ante el mundo como un espacio excepcional de estabilidad en contraste con otras regiones sometidas a la violencia interestatal. Este contraste resulta atractivo para China, que en el foro de Pekín quiso mostrar a la región como socio fiable, estable y predispuesto a cooperar. Pero la fotografía, aun siendo cierta en el plano interestatal, resulta parcial cuando se observan las realidades internas.

La crisis de la Guayana Esequiba recuerda que existen disputas territoriales sin resolver, aunque se mantengan en la esfera diplomática. El crimen organizado en México, Colombia o Ecuador erosiona a diario la soberanía de los Estados y genera niveles de violencia que superan los de muchos escenarios de guerra. En Centroamérica, los flujos migratorios revelan el fracaso de la seguridad ciudadana y de las políticas de desarrollo. América Latina se presenta así como una región paradójica: aunque ha logrado mantener a raya las guerras entre Estados y preservar una cierta estabilidad en el plano interestatal, convive al mismo tiempo con conflictos internos de gran envergadura —desde la violencia criminal hasta la fragilidad institucional— que ponen en entredicho la solidez de esa paz cuando se la observa en su sentido más amplio.

El foro también sirvió para resaltar la dimensión social de esa estabilidad. Queirolo recordó que uno de cada cuatro habitantes de América Latina vive en condiciones de pobreza, un dato que, más allá de la frialdad estadística, obliga a entender la paz como algo más complejo que la simple ausencia de guerras, pues remite a la necesidad de construir entornos donde la vida cotidiana pueda desarrollarse con dignidad, seguridad y perspectivas de futuro. La seguridad y la diplomacia se vacían de contenido si no van acompañadas de políticas sociales capaces de reducir desigualdades y ofrecer horizontes de futuro.

Cafiero insistió en que América Latina transita un orden internacional no hegemónico, con bloques que se reconfiguran rápidamente. Esa lectura coincide con la estrategia de Pekín, que busca fortalecer la cooperación Sur-Sur y proyectar la imagen de un continente pacífico en contraste con la inestabilidad de otras regiones. Al mismo tiempo, Washington insiste en mantener su influencia, con mecanismos económicos y de seguridad que a menudo son percibidos como coercitivos. En este tablero internacional marcado por la rivalidad entre potencias, la idea de una paz regional funciona también como recurso diplomático, pues permite a los gobiernos latinoamericanos presentarse no solo como actores periféricos que observan la confrontación global, sino como un bloque capaz de ofrecer un espacio de diálogo y de proyectar estabilidad en un sistema internacional atravesado por tensiones crecientes.

Conviene, sin embargo, subrayar que la paz constituye una construcción siempre frágil y provisional, sostenida en equilibrios que deben renovarse de manera constante. América Latina se beneficia de la ausencia de guerras interestatales, pero su estabilidad no está garantizada si persisten la desigualdad, la corrupción y la violencia no estatal. La región ha demostrado capacidad para resolver disputas sin recurrir a las armas, y esa es una fortaleza diplomática; pero su desafío es lograr que esa paz formal se traduzca en seguridad real, en confianza ciudadana y en instituciones que respondan a los problemas cotidianos.

La declaración en Pekín tiene un fundamento verificable, ya que América Latina se presenta, en términos militares, como una región libre de enfrentamientos armados entre Estados. Sin embargo, la verdadera prueba de su paz no se juega en foros internacionales ni en estadísticas de arsenales, sino en la vida diaria de quienes conviven con la pobreza, la violencia criminal y la desconfianza hacia las instituciones. Solo cuando esos problemas encuentren respuestas sostenibles, la región podrá presentarse ante el mundo no solo como un territorio sin guerras, sino como un espacio donde la paz se viva con plenitud.

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