Entre la máquina y la mente: reflexiones sobre la inteligencia artificial

15 juin 2025 - 10:28

«No es la inteligencia artificial lo que me preocupa, es la estupidez humana.»
—Neil Jacobstein

En esta era de avances vertiginosos, la inteligencia artificial (IA) despierta entusiasmo, asombro y recelo. Pero más allá de los algoritmos que aprenden y las máquinas que traducen, la pregunta de fondo apunta a nosotros: ¿qué entendemos hoy por inteligencia humana?

Durante siglos, ser inteligente significó saber orientarse en una ciudad desconocida, recordar fechas o calcular sin ayuda. Hoy, muchas de esas habilidades han sido delegadas a dispositivos. La memoria, la lógica, la búsqueda… todo se externaliza. ¿Eso nos hace menos inteligentes? ¿O acaso estamos entrando en otra forma de serlo?

La inteligencia artificial no es solo una herramienta: es un espejo. Refleja nuestras capacidades, pero también nuestras carencias. Procesar datos no equivale a tener juicio. Tomar decisiones no implica comprender. Por eso, cuando nos preguntamos si una máquina puede “pensar”, quizá convenga preguntarnos primero si nosotros mismos estamos pensando bien.

El debate ético y filosófico sobre la IA no es nuevo, pero gana urgencia. ¿Podrán las máquinas ser creativas, tener intuición, mostrar empatía? ¿Y qué ocurrirá si logran mejorarse a sí mismas, superando la capacidad humana de manera progresiva? Esa idea, conocida como la singularidad, alimenta temores y ficciones. Pero el riesgo mayor tal vez no esté en las máquinas, sino en la forma en que las usamos.

No es la inteligencia artificial la que define el futuro, sino nuestra relación con ella. Como ocurrió con otras invenciones —desde el revólver hasta la imprenta— su impacto dependerá de las manos que la dirijan. ¿Liberaremos tiempo y energía para la creación, la educación, el cuidado? ¿O reforzaremos desigualdades, manipulaciones y sistemas de control?

La IA puede ayudarnos a resolver problemas complejos, predecir crisis sanitarias o mejorar la gestión ambiental. Pero también puede agravar las brechas si se convierte en herramienta de vigilancia, sesgo o dominación económica. Por eso el verdadero debate no es técnico, sino político, ético y social.

Nuestra inteligencia no se mide por lo que delegamos, sino por lo que cultivamos. Intuición, imaginación, empatía: esas capacidades siguen siendo profundamente humanas. Si la IA ha de tener un sentido, es el de potenciar la creatividad, no sustituirla; ampliar la justicia, no limitarla.

La tecnología avanza. La pregunta es: ¿avanzamos con ella? ¿O simplemente la seguimos? Porque al final, lo decisivo no será la inteligencia de las máquinas, sino cómo elegimos ejercer —o descuidar— la nuestra.

Simón Alhué es ensayista y lector errante nacido en el sur de Chile. Sus textos cruzan reflexión literaria, memoria simbólica e interrogantes sobre el destino cultural de Hispanoamérica.

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