Trump y la militarización de las ciudades: seguridad, poder y raza en la política estadounidense

16 septembre 2025 - 06:08

El despliegue de la Guardia Nacional en ciudades como Los Ángeles y Washington, acompañado de la amenaza de extender la medida a Chicago, Memphis, Nueva York o Nueva Orleans, no puede leerse como una simple respuesta a problemas de seguridad urbana, pues responde a una estrategia cuidadosamente diseñada por Donald Trump en la que se entrelazan la política electoral, la explotación de tensiones raciales y la construcción de una imagen de autoridad que busca consolidar su liderazgo en un país polarizado.

El asesinato del activista conservador Charlie Kirk, convertido en catalizador de una retórica aún más agresiva, ha servido al presidente como justificación para acelerar un plan que ya se venía gestando: la intervención militar en los bastiones demócratas, gobernados en su mayoría por alcaldes negros y con poblaciones no blancas mayoritarias. No se trata únicamente de ciudades con índices de criminalidad elevados, sino de territorios simbólicos donde el republicano ha decidido confrontar a sus rivales políticos y escenificar una lucha entre orden y desorden que trasciende las estadísticas y se proyecta como relato de campaña.

Las cifras oficiales del FBI, que muestran una tendencia a la baja en la criminalidad a escala nacional, contrastan con los discursos que presentan estas urbes como epicentros de violencia incontrolada. El contraste entre los datos disponibles y el relato político resulta elocuente, porque mientras la evidencia empírica indica que la violencia ha sido contenida gracias a políticas comunitarias de prevención y a inversiones en empleo juvenil, Trump insiste en una narrativa que magnifica el miedo y la amenaza con el objetivo de justificar el despliegue militar en un terreno que tradicionalmente correspondía a las policías locales.

La frontera entre seguridad pública y militarización se diluye, y con ella se erosiona un principio básico de la democracia estadounidense: la separación entre funciones policiales y responsabilidades castrenses.

El carácter racial de estas decisiones resulta imposible de soslayar. Ciudades como Memphis y Nueva Orleans, con poblaciones mayoritariamente afroamericanas, encarnan un legado cultural e histórico que se entrelaza con la lucha por los derechos civiles y con la memoria de figuras como Martin Luther King Jr., asesinado en Memphis en 1968. La intervención de tropas federales en estos espacios pretende, por una parte, imponer un orden presentado como quebrantado y, al mismo tiempo, transmitir un mensaje político a comunidades que han cuestionado de manera persistente las políticas republicanas en materia de inmigración, justicia criminal y derechos sociales.

La retórica empleada por el presidente refuerza esta dimensión simbólica. Al calificar a Chicago como “campo de matanza” o describir a Los Ángeles como una ciudad “tomada por invasores criminales”, Trump activa un lenguaje cargado de estereotipos raciales que recuerda a los discursos del pasado utilizados para estigmatizar a comunidades negras y latinas. La elección de palabras responde a una estrategia discursiva orientada a polarizar todavía más la opinión pública y a movilizar a un electorado especialmente receptivo al miedo y a la sensación de pérdida de control.

Los especialistas coinciden en que este tipo de medidas rara vez contribuyen a mejorar la seguridad en el largo plazo. Estudios sobre criminología y política pública subrayan que la confianza entre las comunidades y las instituciones es el factor que permite reducir la violencia de manera sostenida, mientras que la presencia militar genera desconfianza, erosiona la cooperación ciudadana y, con frecuencia, aumenta las tensiones sociales. Lejos de fortalecer la seguridad, la intervención puede sembrar un clima de confrontación permanente que dificulte la convivencia y debilite las estructuras locales de gobernanza.

Lo que se observa en este proceso es una mutación del discurso de la seguridad pública hacia una lógica de guerra interna, donde las ciudades gobernadas por opositores políticos son tratadas como territorios enemigos. Al desplazar la frontera entre lo militar y lo civil, la administración Trump instala un precedente que reconfigura la noción misma de soberanía local, alimentando una dinámica en la que la represión se confunde con orden y la política se traduce en un campo de batalla urbano.

Las repercusiones de este viraje se extienden más allá de Estados Unidos, pues reflejan una tendencia global en la que líderes populistas utilizan la seguridad como argumento para acumular poder y reforzar sus proyectos políticos. La paradoja consiste en que, al invocar la defensa de la nación frente al desorden, se debilitan los principios que sostienen la democracia, y se corre el riesgo de que el miedo termine siendo la brújula que guía las políticas públicas.

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