Sabina regresa a Úbeda: la última canción en casa

15 septembre 2025 - 09:52

El Estadio Antonio Cruz de Úbeda se convirtió en un templo de la memoria y de la emoción. Joaquín Sabina, el cantautor que hizo de la ironía un género y de la ternura un escudo, volvió a su ciudad natal para despedirse entre aplausos, melancolía y gratitud.

La noche del sábado en Úbeda no fue un concierto más. Fue el reencuentro de un artista con su tierra, de un poeta con sus raíces, de un hombre con la memoria que lo hizo posible. Sobre el escenario, Sabina desplegó ese arte mestizo de palabra y música que atraviesa generaciones, con la voz gastada de la experiencia y el gesto cómplice de quien ya no busca la perfección, sino la verdad de cada verso.

Desde los primeros acordes de Lágrimas de mármol se supo que aquella cita estaría marcada por la intensidad. Más de diez mil espectadores acompañaron el ritual, un público que agotó entradas con semanas de antelación y que vivió cada canción como si fuera la última vez. Sonaron clásicos que forman parte del imaginario colectivo y temas recientes que dialogan con la actualidad, como si Sabina tejiera un puente entre el pasado y el presente de su propia obra.

El concierto fue también un acontecimiento para la ciudad. Úbeda, que lo vio nacer y lo despide con orgullo, se volcó por completo: hoteles llenos, calles vibrantes, emoción en cada esquina. La música de Sabina, que tantas veces recorrió plazas y bares de medio mundo, encontró en su tierra natal un eco distinto, íntimo, irrepetible.

Lo que se respiraba en el estadio era una mezcla de celebración y despedida. Cada gesto del cantautor parecía una confesión, cada mirada hacia el público un agradecimiento. No hubo artificios ni adornos innecesarios: la poesía de Sabina, desnuda y directa, fue suficiente para llenar el aire de significados.

Quizás ese sea su legado mayor. Sabina enseñó que la canción puede ser literatura, que la ironía puede convivir con la ternura, que la derrota puede transformarse en himno. En Úbeda, ante su gente, esas lecciones adquirieron la forma de un homenaje compartido. No fue una despedida definitiva, sino una afirmación de lo vivido: medio siglo de canciones que acompañaron amores, derrotas y esperanzas.

Cuando las luces se apagaron y el público seguía coreando, lo que quedó fue el silencio emocionado de quienes saben haber asistido a un momento irrepetible. Úbeda se convirtió en escenario de un adiós cargado de gratitud, y Joaquín Sabina volvió a ser lo que siempre fue: un poeta popular que convirtió la vida en canción.

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