La investigación de Drop Site News, publicada el 3 de septiembre, reveló un contrato de 45 millones de dólares entre el gabinete del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y Google. El objetivo: diluir la magnitud de la crisis humanitaria en Gaza y reforzar la narrativa oficial a través de YouTube y plataformas de publicidad digital. Un acuerdo que pone de manifiesto hasta qué punto la guerra contemporánea se libra también en el terreno invisible de la comunicación.
La firma del contrato, en junio pasado, coincide con una fase crítica del asedio: Israel prohibió la entrada de alimentos, medicinas y combustible en marzo, y desde entonces los informes médicos señalan la existencia de hambruna en el enclave palestino. Solo en agosto, al menos 185 personas —incluidos 12 niños— murieron por desnutrición. Frente a estos datos, la maquinaria propagandística lanzó videos oficiales bajo el lema “en Gaza hay comida”, que obtuvieron millones de visitas gracias a la promoción pagada.
El caso va más allá de una operación de marketing gubernamental. Se trata de un ejemplo de cómo la infraestructura digital, diseñada para vender productos y captar audiencias, se convierte en herramienta de manipulación política y legitimación de la violencia. No hablamos solo de censura o de información parcial, sino de una estrategia sofisticada que busca normalizar el hambre y convertirlo en un tema secundario frente al discurso dominante de seguridad.
El hecho de que Google —uno de los gigantes tecnológicos que presume de responsabilidad social— acepte un contrato semejante abre preguntas incómodas: ¿qué límites éticos existen cuando una empresa global se convierte en socia directa de un aparato de guerra? ¿Hasta dónde puede la lógica del beneficio económico justificar el silenciamiento de tragedias humanas?
En Gaza, la catástrofe alimentaria avanza con crudeza. Los testimonios recogidos por organizaciones humanitarias hablan de familias obligadas a alimentarse con hierbas, de niños arrastrándose entre escombros en busca de agua, de mujeres que recorren kilómetros para conseguir raciones mínimas. Y, mientras tanto, en la otra orilla digital, se gasta una fortuna en construir la ilusión de que nada de eso ocurre.
La propaganda no es nueva, pero su alianza con los algoritmos multiplica su alcance. En un mundo saturado de imágenes y relatos que compiten por nuestra atención, controlar la circulación de contenidos equivale a disputar la propia noción de verdad. Y allí reside lo inquietante: la batalla por Gaza se libra tanto en la devastación de sus calles como en la arquitectura invisible de nuestras pantallas.
Más que un simple episodio de manipulación mediática, el acuerdo entre Netanyahu y Google revela un dilema global: la dependencia de nuestras sociedades de plataformas privadas que deciden qué vemos, qué ignoramos y qué creemos. El combate moderno se juega en dos campos: el de las armas y el de los relatos, estos últimos afinados con esmero para adormecer la mirada crítica y legitimar lo intolerable.
Porque en Gaza, donde el hambre se ha convertido en arma, la violencia se inscribe al mismo tiempo en los cuerpos debilitados y en el flujo incesante de nuestros dispositivos.