Gaza: la infancia herida que la guerra condena al silencio

06 septembre 2025 - 10:21

La ONU ha lanzado una alerta que debería estremecer a la comunidad internacional: más de 21.000 niños en Gaza viven hoy con discapacidades provocadas por la guerra. Detrás de la estadística hay vidas fracturadas y un futuro marcado por la precariedad y la exclusión.

Desde octubre de 2023, la franja se ha convertido en un territorio donde sobrevivir ya es un triunfo diario. El Comité de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha cifrado en 40.500 los menores heridos en casi dos años de conflicto. De ellos, más de la mitad arrastra consecuencias irreversibles: amputaciones, pérdida de movilidad, ceguera o sordera. Cada número representa un rostro, una familia y una comunidad desgarrada.

El drama no se reduce a las heridas visibles. Las órdenes de evacuación que no llegan a niños con deficiencias auditivas o visuales, como relató un experto de Naciones Unidas al recordar el caso de una madre sorda abatida en Rafah junto a sus hijos, muestran hasta qué punto la guerra niega la mínima consideración a la diferencia. El conflicto no distingue, pero golpea con más fuerza a los más indefensos.

A ello se suma el absurdo burocrático: sillas de ruedas, prótesis o andadores son catalogados como “artículos de doble uso” y, por tanto, bloqueados en los envíos de ayuda. Esta clasificación, que los convierte en bienes sospechosos, revela la paradoja de un mundo donde la supervivencia básica se topa con lógicas militares. La ayuda humanitaria, ya escasa, se centraliza en pocos puntos de distribución inaccesibles para quienes no pueden correr, caminar o abrirse paso entre escombros.

La fotografía es devastadora: miles de niños arrastrándose en el barro para alcanzar un saco de alimentos, madres sin recursos para trasladar a sus hijos heridos, jóvenes que han perdido no solo la posibilidad de estudiar, sino incluso la de moverse con autonomía. La ONU advierte que al menos el 83% de las personas con discapacidad en Gaza han perdido sus dispositivos de asistencia. En otras palabras: la mayoría ha quedado prisionera de un cuerpo sin apoyo y de una sociedad sin recursos para sostenerlos.

El comité internacional insiste en que Israel tiene la obligación de garantizar medidas de protección específicas. Pero más allá de la letra del derecho internacional, la cuestión es ética y civilizatoria: un conflicto que deja decenas de miles de niños discapacitados no puede normalizarse ni justificarse bajo ninguna retórica de seguridad. Gaza es hoy el espejo más brutal de cómo la infancia se convierte en víctima doble: primero de la violencia directa, después del abandono silencioso.

La comunidad internacional está advertida. El sufrimiento de estos menores no se resuelve con cifras ni comunicados, sino con un compromiso real para que la ayuda llegue, sin filtros ni bloqueos, a quienes más la necesitan. Porque si el futuro de un pueblo se mide en la capacidad de proteger a sus niños, el futuro de Gaza se juega en la dignidad que hoy le negamos a sus más vulnerables.

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