El anuncio iraní de cerrar el Estrecho de Ormuz, en respuesta directa al bombardeo estadounidense sobre sus instalaciones nucleares, marca un punto de quiebre en la actual escalada militar en Oriente Medio. No es solo una jugada defensiva: es una advertencia estratégica en uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta. En América Latina, aunque geográficamente lejana, las repercusiones no serán menores.
Ormuz es más que un estrecho. Es el embudo por el que fluye cerca del 20 % del petróleo mundial y buena parte del gas natural licuado con destino a Asia y Europa. Pero el impacto de su cierre parcial o total se siente de forma inmediata en todos los mercados globales. América Latina no queda al margen: ya se registran presiones en los precios de los combustibles, movimientos especulativos en monedas locales y ajustes bruscos en las proyecciones inflacionarias.
Los países más dependientes de las importaciones energéticas, como Chile o República Dominicana, verán encarecer sus facturas. Otros, productores como México, Venezuela o Brasil, podrían beneficiarse parcialmente del alza del crudo, aunque en contextos internos marcados por subsidios, inestabilidad o baja capacidad exportadora. El encarecimiento del transporte marítimo y el posible desvío de rutas también afectan el comercio agroalimentario y manufacturero, claves para muchas economías del continente.
Pero más allá del mercado, lo de Ormuz pone en evidencia un dilema mayor: el orden internacional sigue definido por decisiones unilaterales de actores con poder de fuego y acceso a narrativas dominantes. La ONU fue reducida a un foro de lamentaciones. El llamado del secretario general António Guterres a “elegir la paz” resulta tan sensato como impotente frente al cálculo bélico que domina la escena.
Latinoamérica, lejos del conflicto pero expuesta a sus efectos, debería tomar nota. La dependencia externa de insumos estratégicos —energía, fertilizantes, tecnología— y la fragilidad de los marcos de seguridad regional vuelven a quedar al desnudo. En vez de tomar partido por Washington o Teherán, la región haría bien en pensar cómo blindar sus intereses en un mundo que se recalienta, donde los estrechos lejanos acaban apretando las gargantas locales.