Muchos de nosotros —los comunes mortales trabajadores— volvemos hoy lunes 1 de septiembre al curro, dicho coloquialmente a la española. Y si se me apura, más que regresar al trabajo volvemos al suplicio: no en vano la palabra trabajo procede del latín tripalium, aquel instrumento de tortura que recuerda que, para la lengua, laborar fue durante siglos sinónimo de sufrir. Mi difunto abuelo, con su sabiduría socarrona, solía repetir: “Que trabajen los burros” (con perdón a esos nobles équidos). Tal vez, en esa especie de oda involuntaria a la pereza, se esconda una verdad más honda de lo que creemos: la resistencia humana a dejar atrás el descanso.
Atrás queda el paréntesis del verano, ese tiempo en el que logramos suspender la rutina y probar la ilusión de que la vida podía ser ligera. Pero al volver, nos espera una sensación conocida: desgano, fatiga, nostalgia del reposo. La psicología lo llama post-vacation blues, el bajón postvacacional. Y no se trata de un capricho moderno: está documentado en manuales científicos.
Una investigación de Jessica de Bloom y colegas, publicada en Work & Stress (2009), reveló que las vacaciones elevan claramente el bienestar, pero ese efecto suele desvanecerse en menos de una semana tras reincorporarse. Como una llama que se apaga demasiado pronto, la felicidad del descanso se disuelve rápidamente en la vorágine del día a día. Otros estudios, como el difundido en Applied Psychology (2023), muestran que no todas las pausas son iguales: si el tiempo libre se invierte en experiencias reparadoras, los beneficios emocionales pueden prolongarse hasta 43 días.
¿Qué ocurre en el cerebro? Los neurocientíficos explican que el contraste entre la dopamina liberada por la novedad del viaje y la monotonía del regreso provoca esa caída emocional. La psicoterapeuta Monica Johnson lo resume con claridad: “Volver al hogar después de tantas imágenes placenteras puede hacerlo lucir extraordinariamente monótono”. Tiffany Green, terapeuta estadounidense, habla de un “tirón psicológico” entre el recuerdo del descanso y las exigencias de la rutina.
Y sin embargo, hay formas de suavizar el golpe. Reservar un día de transición antes de volver al trabajo. Organizar el espacio doméstico para evitar el caos del regreso. Recrear pequeñas dosis de novedad —un paseo distinto, una cena especial, una actividad artística— que evoquen el espíritu del viaje. También sirve traer de vuelta un objeto o fotografía que actúe como recordatorio de calma. Y, sobre todo, no saturarse en el primer día: priorizar lo urgente, concederse pausas, recordar que el reloj no puede devorarlo todo.
José Emilio Pacheco escribió que “lo que dura un instante en la memoria puede pesar toda la vida”. Ese pensamiento ilumina el bajón postvacacional: las horas de libertad se guardan con tanta intensidad que volver a la rutina equivale a perder algo irremplazable. Eduardo Galeano, por su parte, nos recordó que el sistema juega con el tiempo: los días libres vuelan, los lunes se eternizan. Entre esas trampas del calendario se gesta nuestra añoranza.
Tal vez lo más necesario sea resignificar el regreso: no verlo como un final, sino como tránsito. Volver del descanso también nos recuerda por qué lo necesitamos, y nos invita a planear la próxima pausa. El descanso duele al terminar, pero enseña a cuidar la vida entre pausas.
Como escribió Ventura Ruiz Aguilera en el epitafio de un perezoso:
“Aquí yace un perezoso,
que al acabar la jornada,
dijo: ‘Voy a ser dichoso:
ya no tendré que hacer nada’.”
Una ironía que, a su modo, resume el dilema eterno entre trabajo y descanso: la vida se juega en ese vaivén, y solo quien aprende a habitarlo sin culpa encuentra una forma de libertad.