La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Tianjin marca el regreso de India al escenario chino tras siete años y muestra la sintonía entre Moscú y Pekín en su rechazo a las sanciones. El tablero euroasiático busca consolidar un contrapeso frente a la presión de Estados Unidos.
El presidente ruso, Vladímir Putin, llega a China con un mensaje que resuena en toda Eurasia: rechazo a las “sanciones discriminatorias” que, según él, obstaculizan el desarrollo de los países del BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). En vísperas de su participación en la cumbre de Tianjin, Putin subrayó la necesidad de un “nuevo sistema financiero abierto y equitativo”, desdolarizado y construido sobre monedas locales. Detrás de las palabras hay un hecho contundente: la relación comercial entre Moscú y Pekín se ha desdolarizado en más de un 90 %, un desafío directo al dominio financiero de Estados Unidos.
Su discurso conecta con un contexto de aislamiento occidental que Moscú suple con alianzas en Asia. China ha multiplicado los intercambios con Rusia desde 2022, e India, pese a sus tensiones con Pekín, continúa importando petróleo ruso a gran escala. En esa interdependencia energética se sostiene buena parte de la maquinaria de guerra del Kremlin.
La búsqueda de oxígeno de Putin
Putin llega a Tianjin buscando algo más que respaldo diplomático. Su estrategia depende del suministro militar de socios como Corea del Norte e Irán, y de los “petrorrublos” que le permiten prolongar la ofensiva en Ucrania. La visita a Pekín incluye reuniones con Xi Jinping y con líderes de India, Turquía e Irán, en un intento de reforzar un frente común frente a la Casa Blanca.
En paralelo, el líder ruso asistirá al desfile militar en Pekín por el 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, donde coincidirá con Kim Jong-un, Miguel Díaz-Canel y Aleksandr Lukashenko. El gesto apunta a reforzar una narrativa de “victoria compartida” con China, mientras se escenifica un bloque alternativo al orden occidental.
Modi vuelve a China tras siete años
El viaje de Narendra Modi añade un matiz crucial. Tras el enfrentamiento fronterizo en el Himalaya en 2020, las relaciones entre India y China quedaron en su punto más bajo en décadas. Que Modi haya aceptado la invitación de Xi supone un giro estratégico. Ambos países han pactado reabrir pasos fronterizos, reanudar vuelos y facilitar visados.
El encuentro con Putin, el primero tras los nuevos aranceles de Washington contra India por comprar crudo ruso, confirma que Nueva Delhi busca reequilibrar su política exterior. Para Modi, estabilizar la relación con China no significa romper con Estados Unidos, pero sí diversificar alianzas en un escenario global volátil.
Un tablero multipolar en construcción
La cumbre de Tianjin ilustra un realineamiento geopolítico: Rusia busca oxígeno, China se afianza como mediadora y potencia ascendente, e India juega a la autonomía estratégica. Los tres países, con sus tensiones y contradicciones, comparten el interés de reducir la dependencia de Washington y defender un orden multipolar.
Las tensiones latentes muestran un riesgo palpable: mientras Putin necesita aliados para sostener su guerra, Xi aprovecha el momento para proyectar liderazgo en Asia y Modi trata de no quedar atrapado entre bloques. La OCS se convierte en un espacio donde convergen estas agendas, en un delicado equilibrio entre cooperación y competencia.
La cumbre de Tianjin expresa la resistencia de Rusia frente a las sanciones y, al mismo tiempo, la búsqueda de China e India por ampliar su margen de autonomía en un sistema internacional fracturado. En estos días se perfila la arquitectura de un futuro orden euroasiático que desafía la hegemonía de Estados Unidos.