Pacaya, 1775: cuando el Reino de Guatemala tembló entre fuego y ceniza

29 août 2025 - 16:13
Erupción del volcán Pacaya en 1775. Pintura contemporánea que muestra la fuente de lava y la columna de ceniza elevándose sobre el Cerro Chino. La perspectiva es desde la Meseta, en el borde noreste de la gran caldera del Pacaya. A la izquierda aparece el cono MacKenney y, al extremo derecho, el Volcán de Agua. La erupción, una de las más grandes en la historia del Pacaya, comenzó el 1 de julio de 1775 y provocó una extensa caída de ceniza y un flujo de lava.

Erupción del volcán Pacaya en 1775. Pintura contemporánea que muestra la fuente de lava y la columna de ceniza elevándose sobre el Cerro Chino. La perspectiva es desde la Meseta, en el borde noreste de la gran caldera del Pacaya. A la izquierda aparece el cono MacKenney y, al extremo derecho, el Volcán de Agua. La erupción, una de las más grandes en la historia del Pacaya, comenzó el 1 de julio de 1775 y provocó una extensa caída de ceniza y un flujo de lava.

En la memoria de Centroamérica, el siglo XVIII quedó marcado por la destrucción de Santiago de Guatemala tras los grandes terremotos de 1773. Sin embargo, apenas dos años después, otro episodio sísmico y volcánico sacudió la región y mostró con crudeza la vulnerabilidad de las poblaciones del altiplano: la erupción del Pacaya en 1775. Aunque eclipsada en los relatos oficiales por el traslado de la capital a la Nueva Guatemala de la Asunción, aquella erupción reveló la tensión entre la naturaleza, la fe y la ciencia ilustrada.

Todo comenzó el 1 de julio de 1775. Una cadena de sismos estremeció la región y abrió paso a la erupción de un cono menor, conocido entonces como cerro Los Humitos, parte del complejo volcánico del Pacaya. Las explosiones lanzaron piedras incandescentes y columnas de humo visibles desde decenas de kilómetros, mientras la lava descendía lentamente por las laderas hacia las tierras bajas. Durante casi dos meses, la tierra no dejó de vibrar: temblores, lluvias de ceniza y un cielo cubierto de oscuridad fueron el telón de fondo de aquel verano trágico.

Las comunidades cercanas, como San Cristóbal Amatitlán y San Pedro Amatitlán, sintieron la devastación en carne propia. Casas destruidas, ermitas derrumbadas, campos arrasados por la ceniza. Los cultivos de maíz, base de la dieta, quedaron inutilizables. Aunque no se registraron muertes humanas, las pérdidas materiales fueron enormes y obligaron a muchas familias a desplazarse. En Santiago de Guatemala, la ceniza alcanzó patios y plazas, recordando a sus habitantes que la ciudad recién herida por los terremotos seguía bajo el signo de la fragilidad.

El presidente de la Audiencia, Martín de Mayorga, actuó con rapidez. Ordenó recopilar informes, envió a ingenieros como Joseph Alexandre a reconocer la zona y dispuso rogativas públicas en las iglesias. La Corona española exigía saber qué había pasado, cuánto se había perdido y cómo responder. Las autoridades se movían entre la urgencia práctica y la necesidad de calmar el miedo colectivo. Porque, más allá de los daños físicos, lo que dominaba era el desconcierto: ¿era un castigo divino o un fenómeno natural que debía explicarse con la razón?

En los relatos de la época convivieron dos interpretaciones. La visión religiosa veía en el volcán una boca del infierno, un recordatorio de la ira divina sobre los pecados de los hombres. Así lo repetían los sermones y procesiones que buscaban contener la angustia. Pero, al mismo tiempo, comenzaba a abrirse paso una mirada distinta, propia de los tiempos de la Ilustración. Ingenieros y cronistas describieron el humo, la lava y las tormentas eléctricas generadas por la erupción con intención de estudiarlos, no solo de temerlos. Aquella convivencia entre fe y ciencia se convirtió en el signo de una época de transición.

El Pacaya de 1775 fue, en efecto, más que un evento natural. Fue un espejo de las tensiones del Reino de Guatemala: la fragilidad de sus poblaciones rurales, el papel de las autoridades coloniales y el choque entre cosmovisiones. Como señala el historiador Luis Alberto Arrioja Díaz Viruell, que ha estudiado con detalle los testimonios de la época, la erupción “mostró la capacidad de la naturaleza de desestabilizar sociedades enteras, y la dificultad de los hombres para encontrar explicaciones unívocas”.

Dibujo del volcán de Pacaya (Guatemala) en erupción, y de los territorios adyacentes.Archivo General de Indias (Sevilla, España) .

Dibujo del volcán de Pacaya (Guatemala) en erupción, y de los territorios adyacentes.Archivo General de Indias (Sevilla, España) .

Hoy, cuando Guatemala y todo el istmo centroamericano siguen expuestos a sismos y erupciones, la memoria del Pacaya de 1775 nos recuerda que los desastres son tanto fenómenos geológicos como experiencias sociales, culturales y políticas. El miedo, las migraciones forzadas, las interpretaciones religiosas y las primeras miradas científicas forman parte de una misma historia.

Ese episodio, relegado durante mucho tiempo a las notas de archivo porque los grandes terremotos de 1773 ocuparon toda la atención, merece ser recuperado. Habla de la resiliencia de los pueblos, de la capacidad institucional de reaccionar con los recursos de entonces, y del modo en que la sociedad colonial se debatía entre la fe y la razón frente a la furia de la tierra.

Recordar el Pacaya de 1775 constituye un ejercicio de memoria histórica que trasciende la erudición arqueológica. Es una forma de reconocer que las catástrofes naturales han acompañado siempre a nuestras comunidades, que sus huellas están en la memoria y en el paisaje, y que la manera en que las interpretamos condiciona la forma en que respondemos. Al final, entre cenizas y rogativas, entre informes de ingenieros y sermones, quedó claro que los desastres hablan tanto de la naturaleza como de la sociedad que los padece.

Fuente consultada:
Arrioja Díaz Viruell, Luis Alberto. «Pacaya: una experiencia de sismicidad y vulcanismo en el Reino de Guatemala (1775)» in: Rodolfo Acevedo y Marco Antonio Calderón (coords.), Sismos y volcanes en la historia de Guatemala y Chiapas (siglos XVI-XIX), pp. 143-170. Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala / Centro de Estudios de las Culturas en Guatemala, 2022.

Compartir el artículo