¿Progresismo e igualdad en las relaciones heterosexuales del siglo XXI o simple postureo e hipocresía?

27 août 2025 - 14:46

Ellen Lamont realizó, años atrás, más de 100 entrevistas entre personas heterosexuales y LGBTQ para conocer sus orientaciones y expectativas de cara a establecer relaciones de pareja de largo plazo. Sus entrevistados eran jóvenes adultos con un alto nivel educativo y trayectorias profesionales, radicados en el área metropolitana de la Bahía de San Francisco. Lamont era consciente de que esa no podía ser una muestra representativa de Estados Unidos, pero sí esperaba encontrar más opiniones y orientaciones realmente progresistas o una mayor coherencia entre el discurso y las prácticas de personas que apoyaban abiertamente la igualdad de género y que no rehuían la etiqueta feminista.

The Atlantic recuperó hace unos días un artículo publicado en 2020 por Ellen Lamont, profesora adjunta de sociología en Appalachian State University. Lamont es autora de The Mating Game: How Gender Still Shapes How We Date. La socióloga feminista observaba en este libro cómo el género y la orientación sexual influyen en el comportamiento que se establece en las citas y en las posteriores relaciones románticas entre adultos jóvenes y profesionales de signo progresista.

El análisis de Lamont es sumamente interesante y útil. Aunque habla estrictamente de una muestra pequeña de población en Estados Unidos, resulta llamativo que las opiniones y orientaciones entre hombres y mujeres de origen latinoamericano no resulten marcadamente distintas de los hallazgos de esta autora.

Lo primero que se observa en el artículo es la contradicción entre el discurso y las prácticas de los progresistas heterosexuales. Es decir, si por un lado se reclama la igualdad de derechos y un matrimonio entre iguales, pensando en el largo plazo, por el otro, en las citas sobresalen retrocesos y conservadurismo en las prácticas.

La autora plantea que tres cuartas partes de los millennials en Estados Unidos apoyan la igualdad de género en el trabajo y en el hogar y, además, coinciden en que el matrimonio ideal debe ser equitativo. Teniendo esos indicadores como referencia, su expectativa quizá era hallar más mujeres que encarnaran de modo objetivo y coherente ese reclamo de igualdad y liberación feminista.

Los estadounidenses con educación universitaria se casan actualmente, en promedio, alrededor de los 30 años. Los jóvenes adultos posponen su vida amorosa para invertir en su formación y educación y forjar una carrera profesional.

Es apenas natural que, con esa inversión de tiempo, dinero y esfuerzo para construir sus carreras, las mujeres busquen crear vínculos o sociedades conyugales con personas que apoyen sus ambiciones de crecimiento profesional. Los hombres progresistas, por su parte, también dijeron desear relaciones con este tipo de mujeres y manifestaron respeto por las mujeres independientes y con grandes logros, a las que perciben como parejas más compatibles.

Lamont sostiene que las mujeres progresistas con las que habló deseaban establecer relaciones igualitarias con los hombres, pero el comportamiento en las citas era completamente diferente y algunas admitían la contradicción.

La académica realizó más de 100 entrevistas para un proyecto de investigación y encontró mujeres progresistas, e incluso feministas declaradas, que se contradecían entre sus expectativas de citas y sus ideales respecto al matrimonio. Muchas esperaban que los hombres propusieran, planificaran y pagaran las citas, dieran el primer paso para iniciar las relaciones sexuales, confirmaran la exclusividad de la relación y propusieran matrimonio. Una vez que todo esto sucedía, ellas esperaban consolidar una unión con responsabilidades compartidas de manera equitativa en lo económico, las tareas del hogar y el cuidado de los niños. Pero, dice la autora, casi ninguna de sus entrevistadas consideraba que esas prácticas conservadoras en las citas amenazaran o contradijeran sus credenciales feministas y su deseo de matrimonios igualitarios.

Lamont estima, sin embargo, que esta postura es ya no solo contradictoria sino también equivocada, porque si ese es el ideal de citas y se establecen reglas estrictas a ese respecto, más tarde, cuando se casen, será difícil enderezar el rumbo de la relación desde sus inicios. Adicionalmente, los estereotipos de género adoptados en las citas se reproducen en las relaciones consolidadas.

En ese marco, por ejemplo, hay testimonios de mujeres que estiman que los hombres deben pagar las citas porque esa es una señal clara de interés por construir un vínculo de largo plazo o, de lo contrario, se percibe que simplemente buscan distracción y encuentros casuales. También se tiene la creencia de que tomar la iniciativa para tener una cita puede hacerlas parecer desesperadas. Otro hallazgo interesante es que había mujeres que querían parecer más recatadas e incluso inalcanzables. Por tanto, desde esa lógica, debían ser los hombres quienes las contactaran después de la cita. Desde luego, ninguna consideraba proponer matrimonio porque se asume que esa es tarea del hombre. Asimismo, casarse y tener hijos no era la prioridad para algunas, pero incluso estas seguían los rituales tradicionales de las citas como una práctica interiorizada.

Respecto a los hombres heterosexuales entrevistados, consideraron que “la asertividad” de una mujer les quitaba presión. Algunos realmente disfrutaban pagar las citas porque lo asumían como una buena manera de demostrar interés, pero otros querían superar esa práctica conservadora y dividir los gastos al 50% en consonancia con la idea de compartir con una persona a la que consideran igual. En ese sentido, reclamaban coherencia con el discurso igualitario a la hora de pagar las cuentas en las citas.

No obstante, la doble moral también es una constante en los hombres a medida que una relación avanza. Ellos no parecían cómodos con la excesiva experiencia sexual de las mujeres y preferían mantener esa delgada línea que marca entre suficiente y demasiada experiencia. Aceptaron tener conflictos con mujeres de carácter fuerte y muchos esperaban que ellas adoptaran sus apellidos después del matrimonio.

Lamont subraya que una vez que hombres y mujeres asumieron roles de género tradicionales al inicio de la relación, deshacerse de ellos en el matrimonio no es fácil. Por ejemplo, los hombres casados que entrevistó solían dejar el cuidado de los niños y las tareas domésticas a las mujeres, mientras ellos asumían ser el sostén de la familia y la toma de decisiones. Un comportamiento que, por otra parte, coincidía con las tendencias nacionales. “Como muestran las encuestas estadounidenses sobre el uso del tiempo, las mujeres aún realizan aproximadamente el doble de trabajo no remunerado en el hogar que los hombres”, contextualiza la autora.

En cuanto a las parejas LGBTQ que entrevistó Lamont, aquí sí parecían plantear relaciones más igualitarias y equitativas, o al menos diferentes. Asumen de entrada que están fuera de los marcos conservadores, tradicionales y convencionales, y que deben establecer sus propias reglas; por tanto, hacen de la comunicación, la evaluación y la negociación constantes en la relación. Les preocupa genuinamente la individualidad y la igualdad, y son más proclives a equilibrar sus necesidades con las de sus parejas. Además, en esos vínculos, a diferencia de las relaciones heterosexuales, las expectativas de igualdad se establecían desde el inicio de las citas, no después. “Este enfoque cambió su comprensión de lo que era posible en las relaciones íntimas y, como resultado, en su mayoría tuvieron relaciones más igualitarias y duraderas”, puntualiza Lamont.

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