Designaciones, usurpación política, lenguaje inclusivo y representación real y objetiva

26 août 2025 - 17:58

Las recientes designaciones en el ministerio de Igualdad y Equidad en Colombia, por un lado, la de Juan Carlos Florián como ministro y, por el otro, la de Charlotte Schneider como viceministra han causado polémica. Desde el alto gobierno se han defendido los nombramientos, en aras de mayor inclusión de poblaciones históricamente marginadas, sin embargo, hay algunas críticas e incluso objeciones que merecen consideración. La violencia que han sufrido los homosexuales o la comunidad LGBTIQ+ no legitima la usurpación del espacio político conquistado por las mujeres y esto debería estar suficientemente claro en 2025.

A inicios de este mes, fue designado Juan Carlos Florián como ministro de Igualdad y Equidad en Colombia, Florián se desempeñaba como viceministro de diversidades. El nombramiento causó polémica por los antecedentes del ministro quien había sido actor de contenido pornográfico en Francia, “para sobrevivir”, según justificó el presidente Petro en su día.

El nuevo ministro es politólogo egresado de la Universidad Javeriana, trabajó en el consulado de Colombia en París y, previamente, durante la Alcaldía de Gustavo Petro en Bogotá gestionó el área de diversidades e inclusión. “Florián dirigió la dirección LGBTI de Bogotá Humana y por ello fue amenazado de muerte, se exilió en París, y allí tuvo que recurrir a la webcam para sobrevivir. Luego se revinculó (sic) al país y quise que asumiera el viceministerio (…) Me arrepiento de no haberlo hecho”, explicó el presidente Petro sobre el pasado de su viceministro y ahora ministro de Igualdad. Tras su posesión en el cargo, el ministro Florián ha realizado declaraciones que siguen generando polémica: se ha autodesignado “ministra” y “marica”.

Días después de este nombramiento, se designó a Charlotte Schneider como viceministra de esa cartera. Schneider es una mujer trans de origen cubano. En la trayectoria profesional de esta mujer trans se refiere su trabajo con comunidades LGBTIQ+ y personas trabajadoras sexuales. Estudió Bioquímica en la Universidad de La Habana y más tarde se especializó en Estudios Feministas y de Género en la Universidad Nacional de Colombia. Schneider inició su carrera en la Secretaría de Salud de Bogotá en 2006 y en marzo de 2023, el gobierno Petro la designó como directora regional de Bogotá del Departamento de Prosperidad Social (DPS). En abril del año pasado, la activista fue designada como Directora para las Mujeres en Actividades Sexuales Pagas en el viceministerio de las Mujeres. Schneider lleva más de dos décadas en Colombia, obtuvo refugio en el país sudamericano porque en Cuba sufría persecución por su condición de mujer trans. Su proceso de regularización inició en 2019, cuando le fue concedida una visa de residente tipo R y el 13 de febrero de 2023 obtuvo la nacionalidad colombiana por adopción, transcurridos 23 años de residencia Colombia, según recoge la prensa local.

Un pertinente análisis de Luis Miguel Hoyos, catedrático de Constitucionalismo, Filosofía Moral y Política y experto en inclusión social y políticas inclusivas, publicado esta semana, aborda las cuestiones de fondo en la designación de Florián que podrían ser extensivas al caso de Schneider. El lector puede sacar sus propias conclusiones.

El académico plantea que está fuera de discusión que personas LGBTIQ+ (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales, queer) tienen el derecho inalienable a existir y a ocupar espacios de poder. “Pero [y este pero es muy importante] otra cosa, radicalmente distinta, es ocupar el nominal y la condición de sujeto político de las mujeres”.

El hecho de que un hombre (biológicamente), el ministro (quien ocupa un espacio de poder y de representación), “decida autodenominarse en femenino y presentarse como “ministra” puede parecer, a primera vista, un gesto simpático de inclusión”. Pero esta es solo una trampa conceptual y del lenguaje que encierra y entraña violencia contra las mujeres.

Es “una trampa conceptual y una frivolidad moral que vacía de contenido las conquistas de las mujeres”. El analista aclara aquí que no se está hablando de la “identidad íntima de nadie”, cada sujeto de derechos y obligaciones, es decir, cada ciudadano, “puede nombrarse como quiera en su vida privada”. Pero “ocupar, en el espacio político de democratización, un título que durante siglos les fue negado a las mujeres, y que solo a fuerza de lucha lograron arrancar al lenguaje y a las instituciones” es inapropiado. Esa apropiación conceptual no es inofensiva. Los conceptos, dice Hoyos, son campos de batalla, citando a Celia Amorós.

Por tanto, autodenominarse “ministra”, sin serlo objetivamente, es decir, “en el sentido político-feminista”, no es más que “la reactualización, en clave posmoderna, de la vieja apropiación masculina de lo femenino”. Si en las décadas y siglos pasados “el despojo era de una extraordinaria ferocidad”, no porque ahora sea sutil y sofisticado, gracias a las trampas del lenguaje inclusivo, diverso e identitario, deja de ser un despojo violento y una clara usurpación. “Hoy la expropiación llega con gesto progresista en la esfera pública”, puntualiza el autor.

Borrar a las mujeres de los espacios de poder conquistados a través de la lucha política por la igualdad de derechos, hoy se disfraza de “inclusión” gracias a “las gramáticas de la autopercepción” y diluyen, “bajo el nombre de “diversidad”, las conquistas feministas en un magma de identidades sentidas”. ¿Cabe designar tal usurpación cómo un signo progresista en la estricta definición del término? En modo alguno. Esto se trata nada menos que de un movimiento “típicamente patriarcal” que se reapropia de las conquistas de las mujeres, pero esta vez lo hace “con plumas falsas”.

El ministro genera espectacularidad mediática y a la vez vacía de contenido aquello que nombra. “Conviene decirlo sin titubeos: ¿Cabe un ministro varón de Igualdad en la genealogía de las mujeres, cuando durante siglos —y aún hoy en muchos lugares— las mujeres no existían ni nominal ni políticamente en la esfera pública? La respuesta es obvia. Tampoco cabe ningún varón homosexual, por muy igualitario o diverso que se proclame”.

No se niegan ni se desconocen la opresión y la discriminación que han sufrido los varones homosexuales, pero nunca ha sido, ni es, ni será la misma opresión que ha enfrentado una mujer biológica desde su llegada al mundo. “La persecución contra ellos ha sido la sanción por quebrar el pacto de la masculinidad hegemónica, ese contrato ancestral que convierte la hombría en mandato obligatorio y cuya infracción se castiga con el desprecio social y la violencia. Para el patriarcado, insístase, la homosexualidad no es feminidad hegemónica, sino su caricatura degradada: la traición suprema al mandato viril. Y eso, por duro que resulte admitirlo, no convierte a ningún varón, ni por analogía, ni por simpatía, ni por la más compasiva empatía, en representante de las mujeres y las niñas”.

El autor permite la comprensión exacta de cómo un ministerio feminista termina convertido en un ministerio de otras diversidades con las mujeres borradas en nombre de la inclusión. Y esta circunstancia plantea un enorme problema: no solo vacía de contenido el feminismo, sino que erosiona la democracia. “Lo lógico, lo digno, lo justo, habría sido que este ministerio hubiera quedado en manos de una mujer feminista con historia, con genealogía y con trayectoria real en la lucha por la igualdad, además de la capacidad de gestión y de ejecución que semejante institución exige. Esas mujeres existen, porque las mujeres existen. Pero conviene recordarlo: una cosa es la mera presencia femenina y otra, muy distinta, la presencia feminista. La “espectacularización de la diversidad” no es necesariamente feminista, y mucho menos cuando se adorna de plumas falsas y se vacía en gestos que no se traducen en políticas reales para las mujeres ni para nadie más”.

Confundir deliberadamente los conceptos, vía las trampas del lenguaje y los malabarismos desde la identidad de género, solo reedita la violencia contra las mujeres y las despoja de sus conquistas obtenidas en el campo de lucha política. Los espacios de poder que las mujeres han ganado han sido conquistados; no fueron un regalo ni una concesión del patriarcado, de los conservadores o de los progresistas. La violencia que han sufrido los homosexuales o la comunidad LGBTIQ+ no legitima la usurpación del espacio político conquistado por las mujeres y esto debería estar suficientemente claro en 2025.

 

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