Berlín recuerda hoy los 125 años de la muerte de Friedrich Nietzsche. El filósofo que quiso dinamitar certezas y denunciar los consuelos fáciles de la modernidad sigue vivo en un tiempo que lo confirma y lo traiciona al mismo tiempo. Leer a Nietzsche en 2025 es constatar que su intempestividad no se agotó con el siglo XIX: nos sigue interpelando desde el margen, como un testigo incómodo de nuestra época.
Nietzsche murió en 1900 en Weimar, tras una década de silencio impuesto por la enfermedad. Quedaba atrás un itinerario filosófico tan fragmentario como fulgurante: desde El nacimiento de la tragedia hasta Así habló Zaratustra, desde la crítica demoledora a la moral cristiana hasta la intuición de un eterno retorno. Entre esos relámpagos, el pensamiento de Nietzsche se configuró como una escritura en ruinas, una filosofía de aforismos y sentencias, siempre en pugna con los sistemas cerrados.
El aniversario de los 125 años de su muerte constituye una oportunidad para confrontar la vigencia crítica de Nietzsche en lugar de convertirlo en ceremonia oficial. Al contrario, Nietzsche desconfiaba de los homenajes y sospechaba de toda institucionalización de su palabra. Su proyecto consistía en desmontar las grandes ilusiones de Occidente: el progreso lineal, la fe en la verdad objetiva, la idea de una moral universal. De ahí que su vigencia se mida en la incomodidad que todavía provoca, no en la paz de las estatuas.
En América Latina, Nietzsche llegó a comienzos del siglo XX de la mano de escritores y pensadores que encontraron en él una energía crítica contra la herencia colonial y los dogmas republicanos. Desde José Ingenieros en Argentina hasta Samuel Ramos en México, el eco de Nietzsche se cruzó con el debate sobre la modernidad latinoamericana y la búsqueda de una cultura propia. Su grito contra el rebaño y el “último hombre” resonó en tierras que buscaban escapar tanto del tutelaje europeo como del pragmatismo norteamericano.
Hoy, cuando las palabras “crisis”, “desmoronamiento” y “desconfianza” vuelven a ser el léxico cotidiano, Nietzsche se hace contemporáneo de nuevo. Su diagnóstico de una época sin dioses, donde los valores tradicionales se han derrumbado y los nuevos aún no se han consolidado, parece describir el presente con precisión inquietante. La sensación de que habitamos un mundo de simulacros, donde la política se confunde con espectáculo y la verdad con propaganda, encuentra en Nietzsche un lector adelantado.
Pero su herencia no está exenta de peligros. En el siglo XX, sus escritos fueron manipulados para justificar nacionalismos, racismo y autoritarismo. El propio Nietzsche había despreciado esas ideologías de masa, pero su estilo fragmentario y provocador dejó abierta la puerta a interpretaciones interesadas. De ahí la tarea crítica de separar al pensador de las lecturas que intentaron convertirlo en profeta de causas ajenas.
El legado de Nietzsche se expresa como una invitación a la sospecha: interrogar las verdades absolutas, revisar las promesas de felicidad universal, cuestionar las morales que se presentan como eternas. Esa forma intempestiva de pensamiento, que desafía incluso a su época, se vuelve su mayor herencia. Frente a algoritmos, dogmas de mercado y discursos uniformes, recordarlo significa reafirmar la fuerza de la duda creadora

En su tumba de Röcken, en Sajonia, reposa el cuerpo de un hombre que dedicó su vida a combatir toda forma de reposo espiritual. Su epitafio lo escribió en vida: “Yo no soy un hombre, soy dinamita”. A 125 años de su muerte, esa dinamita sigue encendida, dispuesta a recordarnos que la filosofía no nació para dar consuelo, sino para incomodar.