La factura del fuego: 600 millones en pérdidas para el campo español

25 août 2025 - 10:21

Las organizaciones agrarias calculan daños superiores a los 600 millones de euros mientras las llamas devoran miles de hectáreas de pastos y colmenas. El sector extensivo agoniza por el abandono rural y la falta de gestión forestal, convirtiéndose paradójicamente en víctima de una crisis que podría ayudar a prevenir si recibiera el apoyo institucional necesario.

El sector primario español enfrenta su peor crisis en décadas tras la devastadora oleada de incendios de agosto, que ha calcinado más de 400.000 hectáreas y generado pérdidas económicas que la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) estima en al menos 600 millones de euros. «La situación es catastrófica», ha declarado Javier Fatás, responsable de Medio Ambiente de COAG, quien advierte que la cifra provisional podría incrementarse considerablemente conforme se evalúen los daños en su totalidad.

Las comunidades más afectadas concentran el grueso de las pérdidas. Galicia acumula más de 88.000 hectáreas quemadas, con el incendio de Larouco convertido en el mayor de la historia autonómica tras arrasar 30.000 hectáreas, superando al de Chandrexa de Queixa que afecta a 19.000 hectáreas. Castilla y León registra una «situación extrema nunca sufrida», según sus autoridades, con más de 20 incendios activos y 3.500 personas evacuadas. El incendio de Molezuelas de la Carballeda ha devorado más de 31.000 hectáreas entre Zamora y León, mientras que en Extremadura el fuego de Jarilla permanece «completamente desbocado» tras calcinar 11.000 hectáreas.

Sectores más afectados

La apicultura emerge como el sector más golpeado por la catástrofe. Las llamas han destruido al menos 10.000 colmenas, según estimaciones de COAG, que difícilmente podrán recuperarse. «Han desaparecido la vegetación y el alimento de las abejas como mínimo hasta que la zona vuelva a florecer», explica Fatás, quien subraya que la regeneración natural requerirá años en muchas áreas calcinadas. El problema trasciende la mortalidad directa: la ausencia de flora melífera obligará a trasladar las colmenas supervivientes a otras zonas o proporcionarles alimentación artificial durante meses.

La ganadería extensiva sufre un impacto devastador que amenaza la supervivencia de miles de explotaciones familiares. «Han desaparecido miles de hectáreas de pastos y eso significa que las reses van a necesitar, en los próximos meses, complementos alimentarios como piensos, alfalfas y forrajes hasta que se regenere el terreno», detalla el responsable de COAG. Esta dependencia forzosa de suplementos nutricionales disparará los costes de producción en un sector ya castigado por la inflación de materias primas y la sequía de los últimos años.

El drama se agrava por la escasa cobertura aseguraticia del sector extensivo. «En ganadería extensiva no se suelen contratar pólizas del seguro agrario, a diferencia de lo que pasa con los productores de cereales o frutales», lamenta Fatás. Agroseguro confirma que el seguro agrario cubre los daños ganaderos causados por incendios, pero reconoce pérdidas limitadas porque la mayoría de explotaciones extensivas no están aseguradas. Esta vulnerabilidad abocará «al cese de muchas explotaciones», pronostica COAG, especialmente considerando la edad avanzada de muchos titulares que optarán por abandonar tras esta catástrofe.

Los cultivos han tenido un comportamiento diferenciado según las zonas y calendario agrícola. Los productores cerealistas han sufrido menores pérdidas porque «las cosechas de trigo y cebada se están adelantando cada vez más como consecuencia del cambio climático, con lo que los incendios han llegado cuando la mayoría de campos estaban ya recogidos», explica Fatás. Sin embargo, los viñedos, frutales y cultivos leñosos de las zonas afectadas presentan daños considerables que aún se están evaluando.

La crisis evidencia el círculo vicioso del abandono rural y su relación con la propagación de incendios. La reducción de la ganadería extensiva, con censos que han caído más del 8% en la última década, ha eliminado uno de los mecanismos naturales más eficaces de prevención de incendios. Entre 2014 y 2024, la cabaña ovina se redujo un 12,6% hasta 13,5 millones de cabezas, mientras el caprino retrocedió otro 12,6% hasta 3,26 millones de animales. Esta disminución deja miles de hectáreas sin el pastoreo tradicional que mantenía limpios los sotobosques, permitiendo la acumulación de biomasa combustible que alimenta fuegos cada vez más virulentos.

El círculo vicioso del abandono rural

El coste de extinción versus prevención revela la irracionalidad del sistema actual. Según Paco Castañares, presidente de la Asociación Extremeña de Empresas Forestales, «apagar un incendio cuesta 20.000 euros por hectárea, prevenir el incendio para que no se queme nos cuesta 2.000». Con más de 115.000 hectáreas calcinadas en la última oleada, el gasto en extinción superaría los 2.300 millones de euros, sin incluir los costes de reconstrucción que pueden multiplicar por diez la inversión inicial según estudios europeos sobre recuperación post-incendio.

El drama humano complementa la catástrofe económica. Los profesionales del campo denuncian verse doblemente penalizados: como víctimas de unos incendios que podrían ayudar a prevenir si recibieran apoyo institucional, y como chivos expiatorios de quienes «pretenden responsabilizar a los agricultores de los incendios, cuando somos los primeros en sufrirlos y quienes mejor conocemos el terreno», según denuncia la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja). Esta percepción de abandono institucional se agrava por la lentitud administrativa que impide labores preventivas básicas, como el caso denunciado por COAG donde «tuvieron que pedir por activa y por pasiva que les dejaran labrar los campos alrededor de los municipios» para crear cortafuegos naturales.

La recuperación del sector primario emerge como elemento clave para revertir esta dinámica destructiva. Como advierte Fatás, «tenemos bosques y zonas boscosas que han sido gestionadas por el ser humano durante miles de años. No podemos dejarlas ahora abandonadas como si fueran la selva amazónica». La paradoja resulta evidente: España necesita más ganadería extensiva y agricultura para prevenir incendios, pero los fuegos actuales están destruyendo precisamente esas actividades que actúan como cortafuegos natural. «No hay otra solución que aumentar las cabañas ganaderas sobre la base de este sistema de ganadería extensiva», defiende Joan Alibes desde la Plataforma por la Ganadería Extensiva y el Pastoralismo, quien subraya que el pastoreo es «una herramienta» fundamental ante esta problemática que convierte el abandono rural en combustible para las llamas.

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