En el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, la artista salteña propone un diálogo entre la memoria mineral y las tensiones sociales del presente.
La sala respira un silencio metálico. En La gravedad del brillo, Soledad Dahbar no exhibe simplemente objetos: despliega un territorio. Entre minerales, láminas de metal y texturas que recuerdan vetas y filones, la muestra plantea una pregunta incómoda: ¿cómo convivimos con aquello que no es orgánico, pero forma parte de nuestra historia y de nuestra vida cotidiana?
La artista, nacida en Salta, construye su obra desde una sensibilidad que combina el rigor de la investigación con la intuición poética. El punto de partida es la minería, pero la obra no se limita a denunciar sus impactos. Dahbar enlaza la explotación contemporánea de recursos con el legado colonial que inauguró siglos de extracción y dependencia. En sus piezas, los minerales son testigos silenciosos de un proceso que transforma el territorio y modela relaciones de poder.
La instalación no busca respuestas cerradas. En cambio, provoca asociaciones: la luz que rebota en una superficie metálica recuerda tanto la promesa de riqueza como la cicatriz de la explotación. El visitante avanza entre materiales que parecen frágiles y pesados al mismo tiempo, y la experiencia es tan estética como política.
En tiempos de debates sobre el litio y otras “nuevas” fronteras extractivas, La gravedad del brillo se siente urgente. La obra de Dahbar es una evidencia de que lo inorgánico también tiene biografía y que esa biografía se entrelaza con nuestras propias historias.