El documental peruano ‘Runa Simi’ no es solo una película sobre doblaje; es una declaración política disfrazada de canto infantil. Su propuesta de llevar ‘El rey león’ al quechua revela el fondo de una batalla cultural que atraviesa los Andes: quién decide qué lenguas merecen existir.
En el corazón de la cinta dirigida por Augusto Zegarra y protagonizada por Fernando Valencia y su hijo Dylan, late una idea incómoda para las élites urbanas: el quechua, con más de 10 millones de hablantes, sobrevive a pesar de un sistema que margina a quienes lo usan. El filme documenta la traducción casera de canciones icónicas de Disney —incluida una versión en quechua de Hakuna Matata— que empezó como un gesto de alegría para los niños y terminó como un acto de resistencia cultural.
La historia va más allá del homenaje lingüístico. Valencia lo dice sin rodeos: al quechua no se le discrimina por su gramática, sino por el estatus social de sus hablantes. El idioma se asocia a la pobreza rural, y eso lo condena en el imaginario de las capitales. En las torres de vidrio de Lima, la lengua de los incas sigue siendo invisible, aunque resuene desde Cusco hasta Bolivia y el norte argentino.
La película se presentó este domingo en el Festival de Cine de Lima, después de recorrer festivales internacionales como Tribeca y Sheffield. Y lo que impresiona no es solo el reconocimiento exterior, sino cómo espectadores en contextos muy distintos —de Irlanda a México— se han visto reflejados en esa lucha contra la extinción lingüística.
‘Runa Simi’ pone sobre la mesa algo que América Latina prefiere no discutir: la pérdida de las lenguas indígenas no es inevitable, sino política. El sistema escolar, los medios, la industria del entretenimiento y las políticas culturales han tratado estas lenguas como piezas de museo o folclore congelado. En ese sentido, que un producto global como ‘El rey león’ hable quechua es más que una curiosidad; es una apropiación invertida, un recordatorio de que la cultura dominante también puede ser traducida, resignificada y devuelta a quienes rara vez ven su idioma en la pantalla.

Zegarra y Valencia no plantean un lamento, sino una acción concreta: crear espacios donde el quechua se escuche en contextos de prestigio y consumo masivo. Es, como ellos mismos lo llaman, un “acto de resistencia” contra un individualismo que amenaza las formas comunitarias de vida. Porque en quechua, recuerda Valencia, el saludo no es un seco “hola”, sino un “¿está todo bien?” que implica interés real por el otro.
Ese matiz resume el valor del documental: no se trata de salvar una lengua por nostalgia, sino de defender un modo de relacionarse con el mundo. En un tiempo en que la homogeneización cultural avanza al ritmo de las plataformas de streaming, Runa Simi demuestra que todavía es posible hacer cine que dialogue con la identidad y no solo con el mercado.
Tal vez la lección final sea la que pronuncia Dylan, el hijo que terminó prestando su voz sin dominar del todo el quechua: en medio de la modernidad acelerada, doblar un león animado puede ser la forma más humilde y más poderosa de no perderse a uno mismo.