Trump, Putin y el emisario del ultimátum: escenografía de una paz incierta

06 août 2025 - 10:56

La llegada de Steve Witkoff a Moscú, en vísperas del plazo impuesto por Trump para cesar la guerra en Ucrania, marca un giro inquietante en la diplomacia de alto voltaje: menos Estado, más espectáculo.

La escena fue cuidadosamente calculada. Steve Witkoff, magnate inmobiliario devenido emisario presidencial, descendió del avión en Moscú sin uniforme diplomático ni experiencia geopolítica, pero con un mensaje tan directo como la firma que lo respalda: el ultimátum de Donald Trump a Vladímir Putin para detener la guerra en Ucrania. Lo recibió Kiril Dmítriev, una figura más acostumbrada al mundo de las finanzas que a las negociaciones de alto riesgo. Juntos pasearon por las inmediaciones del Kremlin, como si la guerra más grave en Europa desde 1945 pudiera resolverse con una caminata entre murallas históricas.

El encuentro, por informal que parezca, no es menor. No ocurre en una sala de cancillería, sino en el terreno simbólico del poder ruso. El gesto busca proyectar una imagen: Trump habla con Putin sin necesidad de cancilleres. Y lo hace a través de un emisario que no representa a Estados Unidos como Estado, sino al trumpismo como marca personal. En tiempos de diplomacia convertida en performance, los silencios pesan tanto como los comunicados. La Casa Blanca no ha detallado si Witkoff lleva una propuesta concreta o solo un aviso: el reloj avanza y el plazo impuesto por Trump vence en cuestión de horas.

No deja de ser paradójico que quien busca arbitrar la paz sea el mismo que ha minado, durante años, los instrumentos multilaterales creados precisamente para resolver conflictos como el de Ucrania. Bajo el nuevo mandato de Trump, el Departamento de Estado parece actuar a contraluz, subordinado a un presidente que desprecia los protocolos y prefiere los golpes de efecto. El envío de Witkoff confirma una tendencia: el retorno del líder estadounidense al escenario internacional implica menos institucionalidad y más improvisación.

Para Putin, la visita es una oportunidad doble: mostrarse dialogante mientras mantiene la iniciativa militar, y proyectar que aún conserva canales con Washington a pesar de las sanciones, el aislamiento diplomático y los fracasos militares acumulados. La pregunta de fondo, sin embargo, persiste: ¿hay realmente voluntad de detener la guerra, o solo se trata de escenificar una negociación para evitar el coste político de una derrota sin acuerdo?

Ucrania, como de costumbre, queda relegada a un plano secundario. En esta geometría de poder, los protagonistas negocian sin Kiev en la mesa. La paz, si llega, podría nacer con las cicatrices de una imposición. Y los emisarios, más que constructores de acuerdos, parecen actores en una coreografía donde lo importante no es lo que se dice, sino lo que se transmite en imagen. Una imagen que, como casi todo en esta guerra, está diseñada para las redes, no para la historia.

Compartir el artículo