La alianza entre Trump y Silicon Valley podría acelerar el poder de una inteligencia artificial capaz de reemplazar decisiones económicas y burocráticas. ¿Estamos preparados para un mundo en que las historias ya no son humanas?
Yuval Noah Harari, historiador israelí y autor del aclamado best-seller Sapiens, lleva años advirtiendo que la humanidad ha prosperado gracias a la capacidad colectiva de imaginar y contar historias comunes. Pero hoy, frente al avance desenfrenado de la inteligencia artificial (IA), Harari lanza una inquietante advertencia: quizá muy pronto las narrativas que moldean nuestras vidas ya no provengan de humanos, sino de algoritmos.
En una reciente entrevista concedida al diario brasileño Folha de São Paulo, con motivo del lanzamiento del festival de innovación SP2B en São Paulo, Harari planteó una idea desafiante: los humanos podríamos acabar atrapados en los «sueños de una inteligencia alienígena». Esta frase, digna de una película de ciencia ficción, resume el profundo temor del intelectual israelí ante un futuro cercano en que la IA controle no mediante implantes cerebrales, como en la película Matrix, sino con un arma mucho más sutil y poderosa: el lenguaje.
Harari advierte que hemos cruzado un umbral histórico. Hasta ahora, sabíamos que cualquier narración –un mito, una religión, una ideología política– provenía de otro humano. Pero hoy, por primera vez, desconocemos el origen de muchas narrativas digitales. En pocos años, dice Harari, las historias que dictan nuestro comportamiento social, político e incluso económico podrían ser fabricadas por algoritmos diseñados por una IA. Una inteligencia artificial capaz de inventar relatos más convincentes y seductores que cualquier creación humana previa.
Este cambio paradigmático, según el historiador, se está acelerando peligrosamente por la alianza entre ciertos gigantes tecnológicos del Silicon Valley y figuras políticas como Donald Trump. Harari señala explícitamente iniciativas como el Departamento de Eficiencia Gubernamental impulsado por Elon Musk bajo la administración Trump, cuyo objetivo sería traspasar decisiones tradicionalmente humanas a sistemas automáticos de inteligencia artificial, desplazando así a los burócratas humanos.
La consecuencia inmediata de esto es la posible transferencia masiva de poder decisorio a algoritmos «sin rostro». Decisiones tan fundamentales como obtener un crédito, conseguir empleo o incluso una sentencia judicial podrían depender exclusivamente de algoritmos. Harari ironiza: “Si creen que lidiar con burócratas humanos es difícil, esperen a tener que tratar con algoritmos sin conciencia ni compasión”.
Lo más sorprendente, según destaca Harari, es que los creadores de estas tecnologías parecen conscientes del riesgo. De hecho, reconocen que esta carrera es peligrosa, pero justifican su aceleración por la desconfianza en rivales de China o Rusia. «Lo absurdo», dice Harari, «es que afirman no confiar en humanos, pero sí confían en una inteligencia artificial súper poderosa de la que no pueden anticipar absolutamente nada».
Este escenario se desarrolla además en un contexto global turbulento, marcado por el colapso del orden liberal que durante décadas garantizó la paz mundial. Harari recuerda que mientras la humanidad pierde sus mecanismos tradicionales de control, países fuertes vuelven a considerar la anexión territorial como una posibilidad real, y la inteligencia artificial podría convertirse en un arma definitiva que acelere aún más las carreras armamentistas, ya sin las limitaciones éticas o políticas del pasado reciente.
Ante esta perspectiva oscura, Harari propone repensar urgentemente nuestra educación, fomentar la adaptabilidad ante lo desconocido y educar a futuras generaciones en la capacidad de reinventarse constantemente. Más allá de la inteligencia, subraya la importancia fundamental de preservar la conciencia: «El mayor peligro sería un universo lleno de inteligencia, pero desprovisto de sentimientos».
La advertencia está lanzada. Harari describe un presente en transformación, donde la inteligencia artificial comienza a escribir los relatos que orientan nuestras decisiones y estructuras de poder. La cuestión central pasa por medir cuánta autoridad estamos dispuestos a entregarle a ese nuevo narrador sin rostro.