Una colombiana radicada en Francia compartió un vídeo en sus redes sociales que se viralizó, generando debate y discusiones, e incluso llamó la atención de algunos medios de comunicación. Esta ciudadana comentó que le dijeron algo que bien podría herir susceptibilidades, pero que ella ha tomado con sentido de autocrítica y le mereció algunos comentarios y reflexiones.
Katherine Montoya conversaba con una mujer francesa acerca de las percepciones en Europa sobre los ciudadanos latinoamericanos y los hábitos y aspectos culturales que inciden en esa percepción: “Ustedes, los latinos, son perezosos”.
Cualquier colombiano abriría los ojos ante tal afirmación porque no es esta una característica dominante de la idiosincrasia colombiana. Al contrario, es muy célebre la sentencia en nuestra tierra “al que madruga, Dios le ayuda”. Y esta es una manera de percibir la vida con optimismo y, a veces, con resignación, para levantarse muy temprano a trabajar y a cumplir con los deberes o para sortear situaciones desafiantes en la vida.
La frase de aquella ciudadana francesa tiene una segunda parte: “son perezosos en lo educativo, no en lo laboral”. Es decir que los latinoamericanos serían “perezosos” a la hora de formarse, pero no así a la hora de trabajar. Y, puesto en estos términos, la observación va cobrando sentido, mucho más cuando la receptora colombiana abunda en su explicación.
Su interlocutora francesa le explicó que son muchos los latinoamericanos que no hablan un segundo idioma y esa es una cuestión que ella interpreta como ausencia de interés por la educación, la instrucción y la formación académica. “Son muy buenos para trabajar, pero para educarse, poco”. Una característica en oposición a una sociedad, en este caso la alusión es a la sociedad francesa, pero es un aspecto es extensible a la sociedad europea, donde “la gente siempre está aprendiendo”, como le dijeron a esta ciudadana colombiana. Y es verdad. Hace apenas una semana conversaba, durante un viaje, con una abogada española que se ha jubilado y asiste, desde entonces, a la universidad con su pareja por el placer de aprender, porque quieren estar actualizados y formados para comprender el mundo de hoy.
Montoya no pareció ofenderse o indignarse por el comentario de la francesa. De hecho, reconoció aquello que es evidente: “En Europa ves a personas en el bus leyendo libros o aprendiendo otro idioma. Incluso personas de 70 años montando bicicleta o estudiando” y en América Latina esto no es frecuente. Matizaría indicando que sí lo es en las grandes urbes, como Buenos Aires o Bogotá, donde se aprecia fácilmente, pero habrá que admitir que no hace parte de la cultura dominante en tanto hábito mental y de comportamiento. La colombiana lo dijo en términos coloquiales: “No es por rajar (hablar mal) de mi país, pero nunca vi eso allá”.
Ella aprovechó la ocasión para mostrar su inquietud por nuestra cultura monolingüe: “Perdemos el tiempo. Vamos a la escuela, estudiamos una carrera, pero no vamos más allá”. Esta es una inquietud tardía de muchos aquellos que inmigramos en la vida adulta y nos encontramos con una barrera difícil de superar: la lengua. Una lengua diferente al español, principalmente el inglés, pero otras lenguas también resultan útiles a la hora de socializar e integrarse en un nuevo país.
La colombiana indicó que en el contexto multicultural de Europa y de Estados Unidos ser bilingüe o incluso multilingüe es una necesidad, no es una opción. “En Colombia no nos motivan a estudiar otros idiomas, porque no lo vemos como una prioridad”. Por lo mismo, le resulta preocupante que “muchas personas que planean emigrar no sepan hablar inglés u otro idioma (…) Aquí es donde uno se pregunta: ¿qué hicimos con nuestra vida? Aprender otro idioma a los 30 o 40 años cuesta mucho más”.
Montoya tiene razón en el fondo de su planteamiento. Y este es un tema que me toca muy de cerca. Es verdad que aprender a navegar en otras lenguas, a los 30 o a los 40 años no es imposible, pero el temor al naufragio es latente, es un proceso muy desafiante y, a veces, incluso frustrante. Mi nivel de inglés sigue siendo insuficiente y pobre, para mí, aunque mis amigos americanos son tolerantes y amables. No obstante, la necesidad de comunicar y de conversar me llevó a lanzarme, a bracear, incluso si el estilo de nado era malo, porque es más fuerte la necesidad de construir relaciones, vínculos, amistades y afectos.
Una decisión consciente fue limitar al máximo la relación con ciudadanos de América Latina para obligarme a hablar inglés todo lo que fuera posible, aunque siempre hubo trampa: Salvo los amigos americanos, que solo hablan inglés y no había otra manera de comunicarnos, en realidad, los amigos europeos de Miami (italianos, franceses, portugueses) que se convirtieron un poco en mi tribu en tierra americana, hablaban y comprendían español en grado considerable. Cuando pregunté asombrada cómo era posible, la mayoría de ellos lo aprendió allí, en la calle, escuchando a los latinoamericanos.
Claro, y es que es allí, donde maldecimos en español, nadamos en inglés para subsistir, pero también nos encanta la pasión del idioma italiano o la dulzura nostálgica del portugués -la gestualidad y musicalidad en ambos idiomas que a menudo hace parecer a sus hablantes que cantan cuando en realidad hablan- y, desde luego, la sensualidad de la lengua francesa -ese tono grave, pausado, la elegancia y delicadeza de su pronunciación que a veces emula un susurro y que contrasta enormemente con el acento tan marcado de los nativos de aquella nación, cosa por demás que permite detectarlos fácilmente-. La multiculturalidad y la diversidad de lenguas hacen del mundo un lugar fascinante, lleno de color, rico y plural. La vida y la historia de una ciudad es también una postal de mestizaje y mixtura.