La felicidad llama, pero a veces no abrimos

02 août 2025 - 18:39

“La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo.” — Viktor Frankl

Miércoles por la tarde. Mafalda en la cocina. Su madre le dice con indiferencia: “No abras la puerta, aunque llamen cien veces”. Y Mafalda, con los ojos abiertos como preguntas, responde: “¿Y si es la felicidad?”.
Eso. ¿Y si lo es?

Quino, desde la inocencia desobediente de su personaje más lúcido, nos ofrece una escena breve que encierra una de las más grandes paradojas humanas: la felicidad no siempre llega cuando la esperamos, ni se parece a lo que imaginamos. A veces llama suavemente, mientras nosotros —por costumbre, por miedo o por prejuicio— nos limitamos a mantener la puerta cerrada.

Muchos han escrito sobre la felicidad. Se la ha definido como un estado, una actitud, una construcción, una utopía, incluso como un “derecho constitucional” (como si pudiera garantizarse por decreto). Pero la sabiduría de Mafalda —y de Quino a través de ella— radica en que no teoriza, simplemente pregunta. Nos sacude con su duda. ¿Qué pasaría si, en efecto, fuera la felicidad la que insiste desde el umbral?

El diálogo entre Mafalda y su madre parece una escena doméstica, pero actúa como un espejo. Refleja esa inclinación que adquirimos con los años: cerrar por costumbre, protegernos por inercia, mantenernos alerta incluso frente a lo que promete bienestar. La puerta —como símbolo— representa nuestra disposición, nuestra apertura emocional, la posibilidad de dejarnos sorprender. También evoca nuestras renuncias, a veces deliberadas, otras tantas mecánicas.

¿Qué impide que abramos? ¿El miedo a lo nuevo? ¿La creencia de que no lo merecemos? ¿O tal vez una prudencia que con los años se vuelve pereza existencial?

En tiempos donde la felicidad parece cotizarse en píldoras, likes o retiros espirituales de fin de semana, Mafalda nos devuelve a lo esencial: la posibilidad de que, en medio de lo cotidiano, algo verdadero y alegre nos toque la puerta. Pero debemos estar dispuestos a escuchar el timbre, a desobedecer los mandatos paralizantes, a correr ese cerrojo mental que tantas veces mantenemos echado.

Porque hay felicidades pequeñas —un aroma, un reencuentro, un sí inesperado— que solo necesitan una rendija para colarse. Y hay felicidades mayores que, si no abrimos, siguen de largo.

A veces, la felicidad no entra por falta de invitación. O porque confundimos prudencia con clausura. O porque creemos que no llegará jamás a nuestra puerta. Pero a veces lo hace. Y no hay nada más triste que haberla hecho esperar… para nada.

Tal vez Mafalda tenía razón. Tal vez hay que abrir, solo por si acaso.

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