Rodeado de pantanos, cocodrilos y cámaras, el nuevo centro de detención en Florida simboliza la deriva punitiva de la política migratoria estadounidense. Trump bromea; las ONG denuncian un modelo cruel y degradante.
No es una escena de distopía futurista ni una sátira política mal calibrada. En los pantanos de los Everglades, en Florida, Donald Trump ha inaugurado esta semana un centro de detención de migrantes que ha sido rápidamente bautizado por él mismo como Alligator Alcatraz. El bautizo del centro revela más de lo que parece: las instalaciones están rodeadas de caimanes, serpientes y fango, en lo que parece una mezcla entre prisión y advertencia natural. “Les enseñaremos a huir de un caimán”, se burló el presidente entre risas y gestos de zigzag.
La escena habría resultado grotesca de no ser porque detrás del espectáculo hay una estrategia. El centro, construido en un aeropuerto abandonado, podría albergar inicialmente a mil personas y llegar hasta cinco mil. Las condiciones son extremas: jaulas metálicas, aislamiento geográfico, y la presencia simbólica (y literal) de reptiles como forma de disuasión. Para Trump, es eficiencia. Para las organizaciones humanitarias, un nuevo umbral de inhumanidad.
El gobernador de Florida, Ron DeSantis, ha ofrecido incluso que efectivos de la Guardia Nacional actúen como jueces de inmigración para “eliminar la burocracia”. Trump, por su parte, no esconde sus intenciones: “Estamos rodeados de millas de pantanos traicioneros y la única salida es realmente la deportación”. La frase, lanzada con tono casual, revela el espíritu punitivo que atraviesa su política migratoria: menos debido proceso, más intimidación.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha sido una de las pocas voces gubernamentales en rechazar abiertamente esta iniciativa, recordando que tratar a los migrantes como criminales es una violación directa a los derechos humanos y un golpe para la economía estadounidense misma. “Estados Unidos se formó con migrantes”, recordó, “y los latinoamericanos son parte esencial de su tejido económico”.
La ironía final: Trump anunció que ya se avanza en un plan para reabrir la vieja prisión de Alcatraz, hoy museo. Como si la nostalgia carcelaria se hubiese convertido en programa de gobierno.
En paralelo, Alligator Alcatraz ya ha recibido a sus primeros detenidos. Las condiciones, el aislamiento y el discurso que lo justifica encienden todas las alarmas. No es una exageración decir que Estados Unidos ha entrado en una nueva era de criminalización migratoria. Esta vez, con reptiles como aliados.