Ozzy Osbourne y la ciudad que no olvidó a su hijo oscuro

30 juillet 2025 - 13:12

El rock no ha muerto. O, al menos, no en Birmingham. Este 30 de julio, la ciudad inglesa despidió a uno de sus íconos más legendarios con una ceremonia que combinó procesión fúnebre, concierto invisible y culto urbano. Ozzy Osbourne, el “príncipe de las tinieblas”, dejó este mundo a los 76 años, pero su sombra se proyecta ahora sobre los puentes, los estadios y las calles de la ciudad que lo vio nacer, rebelarse y triunfar.

Desde la mañana, miles de personas se agolparon en el puente de Black Sabbath —rebautizado así por devoción colectiva—, ese punto de la ciudad donde hoy se cruzan las nostalgias y el mito. No hubo silencios sombríos ni protocolo aséptico. Hubo camisetas negras, carteles caseros, cuero, cerveza tibia, lágrimas sueltas y una energía difícil de etiquetar: algo entre el duelo popular y la liturgia pagana.

La comitiva fúnebre avanzó lentamente, precedida por una banda de metales que reversionó, a su modo, los temas de Black Sabbath. Un extraño requiem, tan británico como punk, donde el dolor no bloquea el cuerpo, sino que lo empuja a moverse. Desde el estadio del Aston Villa —pasión futbolera de Ozzy— hasta Broad Street, el cortejo fue más un ritual de pertenencia que una despedida definitiva.

No todos los artistas merecen ser llorados en voz alta. Ozzy sí. Porque encarnó el exceso, la desobediencia, la distorsión. Porque le dio al heavy metal algo más que volumen: le dio identidad. Y porque, pese a los excesos y las caricaturas que lo persiguieron, siguió siendo una figura improbable de ternura, con esa mezcla de ternura brusca y caos entrañable que solo tienen los antihéroes.

A su paso, la ciudad respondió como se responde ante los mitos compartidos: con flores, con aplausos, con símbolos. En el banco dedicado a Black Sabbath, Sharon Osbourne y sus hijos devolvieron el gesto con las manos en señal de paz. Fue un momento breve, pero definitivo: la ciudad saludaba a su hijo pródigo, sin solemnidad vacía, sin poses impostadas.

Birmingham no olvidó a Ozzy porque, en cierto modo, Ozzy nunca dejó de ser Birmingham. Industrial, ruda, resistente, inadaptada. Su música hablaba desde el metal, pero su acento era de clase obrera, de fábricas y pasillos estrechos. En América Latina, donde también cultivamos nuestros santos laicos del rock, la escena recuerda por momentos a esas vigilias colectivas que se vivieron con Charly García o Gustavo Cerati: cuando el artista y la ciudad se confunden, ya no hay homenaje posible que no implique al cuerpo colectivo.

Hoy, Birmingham hizo lo que las ciudades deben hacer con sus muertos ilustres: darles calle, espacio, eco. El heavy metal, tantas veces denostado, mostró aquí su costado comunitario. Porque el ruido también es pertenencia. Y porque incluso las sombras necesitan despedidas luminosas.

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