El Perú celebró este 29 de julio su 204° aniversario de independencia con el tradicional desfile cívico-militar en la avenida Brasil, en Lima. Presidido por Dina Boluarte y acompañado por las principales autoridades civiles y militares, el evento reunió a más de 7.000 participantes entre fuerzas armadas, policías, bomberos, escolares y representantes de diversas regiones. Todo un país en escena, o al menos el país oficial.
La ceremonia, instaurada en 1939 como expresión solemne del poder republicano, comenzó con los honores de rigor a la jefa del Estado y el himno nacional entonado ante un Congreso fragmentado y un país más escéptico que nunca. En los márgenes de la parada, los carteles patrióticos convivían con murmullos de descontento. No solo por el despliegue logístico —que implicó cortes de calles y vigilancia extrema—, sino también por la profunda distancia entre el espectáculo militar y el clima político.
Las unidades especiales desfilaron con precisión, incluyendo delegaciones de países como Argentina, Chile, Francia o Italia. Desde el aire, la coreografía lucía impecable. Pero el telón de fondo era menos brillante: una presidenta con niveles históricos de impopularidad, una sociedad fracturada por la desigualdad y un Congreso que inspira más rechazo que respeto. Boluarte habló por la mañana ante un hemiciclo con muchas sillas vacías, en un discurso que intentó reafirmar su autoridad sin abordar las urgencias sociales con claridad.
El desfile fue también un intento de afirmar continuidad institucional. Hubo danzas folclóricas, coros escolares y actos simbólicos destinados a reforzar una identidad nacional que, sin embargo, parece cada vez más tensionada entre la retórica oficial y la experiencia cotidiana. En muchas regiones, la independencia no se siente como una fiesta, sino como una palabra lejana, abstracta. La presencia militar en el desfile evocó tanto orden como control, tanto patria como poder.
No es la primera vez que Perú vive sus efemérides con este contraste. Pero en un contexto de crisis democrática, donde la legitimidad se mide en décimas y el hartazgo se expresa en calles vacías o redes incendiadas, el desfile se convierte en algo más que una coreografía. Es un espejo que muestra tanto el deseo de unidad como el peso de la desconfianza. Mientras las bandas tocaban marchas, muchos seguían preguntándose si hay algo más profundo que celebrar.
El Perú sigue caminando, entre banderas y contradicciones. La República aún marcha, aunque sus pasos suenen a veces huecos.