Europa se arrodilla: Francia denuncia “sumisión” en el acuerdo comercial con EE.UU.

29 juillet 2025 - 09:48

El primer ministro francés François Bayrou califica de “día sombrío” el pacto comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, al tiempo que Alemania advierte de “daños significativos” para su economía. ¿Un tratado o una rendición?


Con un tono inusualmente vehemente para la diplomacia europea, el primer ministro francés François Bayrou ha calificado el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos como un acto de «sumisión». No es solo una crítica más al creciente peso de Washington sobre Bruselas, sino un síntoma del profundo malestar que recorre el corazón de Europa: su dependencia creciente, su pérdida de soberanía industrial y su inquietante rol de satélite político.

El acuerdo, firmado con aparente pragmatismo por la Comisión Europea, plantea una apertura total del mercado europeo a productos estadounidenses, incluidas las controvertidas exportaciones agrícolas tratadas con químicos prohibidos en Europa, además de un nuevo marco regulatorio para servicios digitales, inteligencia artificial y transferencia de datos.

Para Bayrou, la firma del acuerdo implica un riesgo directo para la producción agrícola francesa y para la industria europea. Según sus palabras, representa una cesión de autonomía sin garantías equivalentes. La elección del término “sumisión” es deliberada: expresa claudicación, subordinación, una Europa que deja de actuar como actor global y asume un papel subordinado, más próximo al receptor obediente que al socio estratégico.

Alemania también ha elevado el tono, aunque con el lenguaje más sobrio que la caracteriza. El canciller federal ha advertido que el tratado podría provocar “daños significativos” para la economía alemana, especialmente en sectores sensibles como la automoción y la ingeniería. No se trata solo de cifras: es la arquitectura económica del continente la que se ve comprometida.

Desde Latinoamérica, el episodio no debería pasar inadvertido. Por un lado, refleja el dilema que enfrentan muchas naciones del sur global: cómo negociar con gigantes sin ceder soberanía. Por otro, desnuda una verdad incómoda: ni siquiera Europa —tan celosa de su autonomía, tan orgullosa de su regulación— puede resistir la lógica de bloques hegemónicos.

La crítica de Bayrou se inscribe también en un contexto geopolítico más amplio: la creciente polarización global entre EE.UU. y China, y la tendencia de la UE a alinearse con Washington incluso cuando los intereses estratégicos no coinciden. El fantasma de Donald Trump, con su retórica brutal pero premonitoria sobre el desequilibrio transatlántico, sigue presente: ahora con maneras más suaves, pero con efectos similares.

Lo que Francia denuncia —y Alemania respalda con cifras— es una alerta: Europa, antaño modelo de autonomía diplomática y equilibrio comercial, parece deslizándose hacia un rol subordinado. Un continente que supo ser árbitro ahora se acomoda como peón.

Más que un tratado, este acuerdo puede ser un espejo. Y lo que Europa ve en él no es precisamente su mejor perfil.

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