Periodismo en el exilio: voces que España aún no escucha

21 juin 2025 - 18:27

En un rincón del Retiro o en las colas de extranjería en Aluche, uno se puede cruzar con periodistas que fueron portada en Managua, editores en La Habana o cronistas judiciales en Medellín. En Madrid, en Barcelona o en Bilbao, viven como inquilinos de su propia historia. Trabajan en oficios provisionales, entregan currículos que nadie responde y escriben en las madrugadas para medios que ya no están en su país, sino en la nube.

Este 20 de junio, Reporteros Sin Fronteras pidió algo simple al Gobierno español: compromiso. Hay al menos 400 periodistas exiliados viviendo aquí. Vienen de Nicaragua, Cuba, Venezuela, Colombia, México, Siria o Afganistán. Han dejado atrás redacciones vacías, medios clausurados y amenazas explícitas. Lo que buscan no es caridad. Es posibilidad.

Muchos no llegan con la idea de rehacer una vida. Llegan huyendo. El exilio no es un proyecto, es una urgencia. España se ha vuelto refugio por idioma, por cercanía cultural, por historia compartida. Pero también por descarte: Estados Unidos ha cerrado sus puertas, endurecido sus normas, criminalizado al migrante.

Los exiliados viven un limbo hostil: tienen experiencia, pero no papeles; tienen lengua, pero no red; tienen historias, pero no micrófono. Reporteros Sin Fronteras lo dice sin adornos: la mayoría sobrevive con empleos precarios o fuera del periodismo. Muchos resisten con medios pequeños, digitales, que mantienen viva la llama de la prensa libre. A veces sin sueldo. A veces sin lectores. Pero escriben.

En Nicaragua, buena parte del periodismo está hoy en el exilio. En Venezuela, pasa lo mismo. En El Salvador, medios como El Faro ya operan desde fuera. ¿Qué democracia queda si se exilia a quienes la narran?

En 2024, el 70 % de los fondos de emergencia de RSF se destinó a periodistas exiliados o desplazados. El dato no es solo financiero. Es político. Habla del lugar que ocupan —o no— los periodistas en los mapas de la dignidad.

España, con todo lo que tiene y todo lo que calla, debería mirar de frente a estos nuevos ciudadanos del periodismo. No como víctimas, sino como colegas. Darles acceso a redacciones, valorar sus saberes, abrirles puertas. No basta con permitirles quedarse. Hay que permitirles seguir haciendo lo que saben: contar el mundo.

Porque proteger a un periodista exiliado no es un gesto humanitario. Es un acto de defensa democrática.

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