Presencia árabe en Venezuela, Ecuador y Colombia: una ósmosis cultural (IV)

21 juin 2025 - 18:00

1945–1990: de migrantes a ciudadanos

La tercera ola migratoria árabe a América Latina —la más extensa y compleja— coincide con los años de la posguerra y el despegue tecnológico del siglo XX: aviación comercial, televisión, llamadas internacionales, fax. Esta nueva etapa permitió mantener vínculos más fluidos con los países de origen, y en algunos casos, conservar intactos hábitos y valores traídos del Levante. Para muchos, América seguía siendo un lugar de paso, un refugio temporal. Pero para otros —cada vez más— era un lugar donde echar raíces.

Quienes llegaron después de 1945 no eran ya súbditos otomanos ni apátridas. Venían con pasaportes libaneses, sirios o jordanos. Venían de naciones que acababan de nacer, en un Medio Oriente fragmentado por el mandato colonial y las guerras sucesivas. Los palestinos, privados de Estado, fueron los únicos para quienes América Latina representó más que un destino económico: fue también un espacio de dignidad y reconstrucción identitaria.

Esta etapa mostró dos patrones migratorios: por un lado, quienes se aferraban a su identidad original con la esperanza de volver; por otro, quienes asumían la integración y comenzaban a mezclarse con las culturas locales. Algunos lo hicieron por convicción, otros por necesidad. En ambos casos, el resultado fue una fusión gradual, una ósmosis. Lo árabe se volvió caribeño, andino, costeño. Lo criollo se enriqueció con acentos, sabores y símbolos nuevos.

Las comunidades sirio-libanesas y palestinas consolidaron su presencia económica en zonas clave de Venezuela, Ecuador y Colombia, y sus descendientes se expandieron hacia esferas sociales, políticas y culturales. Ya no se trataba solo de comerciantes o pequeños empresarios. Había médicos, abogados, artistas, escritores, docentes universitarios. Hijos y nietos de inmigrantes que ya no brindaban “por el regreso”, sino por el futuro en tierra propia.

Al mismo tiempo, esta etapa no puede entenderse sin el contexto que empujó a tantos fuera de sus países. Desde mediados del siglo XIX, Siria, Líbano y Palestina vivían bajo dominio turco. El Imperio Otomano, ya en decadencia en el siglo XIX, mantenía un control frágil sobre sus provincias. La ocupación egipcia de 1832, las intervenciones europeas, los conflictos entre drusos y maronitas en el Líbano (especialmente la masacre de 1860), así como el juego geopolítico entre Francia e Inglaterra en la región, generaron inestabilidad estructural.

Muchos de los que emigraron entre 1945 y 1990 venían de escenarios marcados por guerras civiles, tensiones sectarias o colapsos económicos. La idea de patria, para muchos, se volvió un recuerdo idealizado. Por eso, aun en los restaurantes más humildes, al levantar una taza de café, no faltaba quien soltara el viejo deseo: Fi l blad! —¡Que sea en la patria!

Pero la patria ya era otra. Se llamaba Maracaibo, Guayaquil, Barranquilla, Mérida o Quito. Y el idioma aprendido en casa ya se mezclaba con los giros del español costeño, caribeño o andino. La migración se había vuelto herencia. Y lo árabe, en América Latina, ya no era exilio. Era parte del paisaje.

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