Carlos Santana: el sonido como plegaria

26 juillet 2025 - 15:15

Carlos Santana vuelve a España tras dos décadas de ausencia. No viene a recordar un repertorio: viene a invocar una forma de estar en el mundo. Lo suyo no es música, dice, sino luz. Y el eco del flamenco lo acompaña como un idioma aprendido en otra vida.

Carlos Santana toca la guitarra con la frescura de quien aún explora, como si cada nota fuera un descubrimiento. La acaricia con la torpeza fingida de quien aún busca, aún se deslumbra. Dice que cada nota es como su primer beso, y que subirse a un escenario en España —ahora que pisa los 78 años— tiene algo de rito y algo de exhibición, como hacer el amor frente a miles. Pero detrás del gesto hay una convicción que no se agota: tocar es rezar.

Su regreso a España se presenta como una gira singular, cargada de sentido y memoria. Es un retorno espiritual a las fuentes. En Málaga, donde se encierra cada vez que puede en el museo Picasso, busca —dice— al artista total, al hombre capaz de quemarlo todo para empezar de nuevo. Y en Jerez, destino final de su gira, rinde tributo al que considera su espejo en la tierra: Paco de Lucía. “Vengo a traer la luz en mis notas, como él”, susurra en una entrevista, y lo dice con la gravedad de quien cree lo que canta.

En sus palabras resuena una mezcla insólita: religiosidad laica, memoria migrante, duende flamenco y espíritu del blues. Todo eso viaja en la maleta del músico nacido en Autlán de Navarro, hijo de mariachi, hermano del rock psicodélico, leyenda en Woodstock. Años después, Santana no parece cargar con el peso de la fama. Prefiere hablar de “frecuencias” y “vibraciones universales”. De la mano de Dios y la mano de Clive Davis, productor de Supernatural, el disco que le valió 15 platinos y ocho Grammys en una sola noche, y que celebra ahora con su Oneness Tour.

La palabra “unidad” lo define. Para Santana, la música no es ni latina ni africana ni gringa. Es un lenguaje anterior a las fronteras. En su memoria son tan importantes Ritchie Valens como Joaquín Rodrigo, Javier Bátiz como Manitas de Plata. El mestizaje sonoro que encarna surge de una intuición más antigua que cualquier moda: la certeza de que el alma humana comparte timbres comunes, y que la guitarra puede expresarlos.

En sus conciertos por Barcelona, Madrid, Valencia, Murcia, Marbella y Jerez, muchos esperarán al ídolo de los noventa, el hombre que electrificó al pop con una guitarra de herencia mexicana. Pero Santana trae otra cosa. Un oficio viejo, una devoción intacta, y una forma de tocar que se resiste al virtuosismo por el virtuosismo. “Un músico sin inocencia es como un perico que repite”, dice. Lo que busca es otra cosa: tocar como si no supiera, como si cada nota se encendiera por primera vez.

Así concibe el arte: como un salto al vacío, lejos de cualquier repetición de fórmulas. A eso llama “lenguaje”. Como lo tuvo Paco de Lucía, como lo tuvo Picasso. Más que imitación o tributo, es un modo de mirar el mundo, con la fe del niño que se electrifica al oír por primera vez el sonido de una Fender. Carlos Santana regresa a España con esa fe intacta. Y su guitarra, más que un instrumento, es su forma de decir: “Estoy vivo, y esto sigue ardiendo”.

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