Presencia árabe en Venezuela, Ecuador y Colombia: una ósmosis cultural (II)

21 juin 2025 - 17:58

Los primeros sirios, libaneses y palestinos que cruzaron el Atlántico y recalaron en Venezuela, Colombia y Ecuador a fines del siglo XIX no llegaban a “tierra prometida”, sino a repúblicas marcadas por el desorden y las guerras civiles. Eran países jóvenes, sin rumbo claro, pero también sociedades abiertas donde los recién llegados podían abrirse paso, aunque fuera desde abajo.

En Venezuela, los inmigrantes entraron en un país fracturado. Desde su separación de la Gran Colombia en 1830, el siglo XIX venezolano fue un hervidero de conflictos internos: treinta y seis guerras, caudillos que entraban y salían del poder, una economía en ruinas y un Estado débil. Aun así, entre la inestabilidad, hubo margen para los que llegaban con voluntad de trabajar y buscar un sitio. El régimen de Juan Vicente Gómez, aunque autoritario, impuso una cierta paz desde 1900 que permitió a los árabes asentarse y prosperar en ciudades portuarias como Puerto Cabello, La Guaira, Maracaibo, y más tarde en Caracas, Valencia y Barquisimeto.

En Colombia, los inmigrantes árabes entraron por Barranquilla y Cartagena, y siguieron río Magdalena arriba hasta Bogotá. El país, como Venezuela, arrastraba una historia de caudillismo, guerras y polarización ideológica, sobre todo entre liberales y conservadores. Pero esa fractura no impidió que surgieran redes comerciales y comunidades árabes activas en casi todas las ciudades ribereñas. La familia Turbay, de origen libanés, llegó a ocupar cargos políticos de alta responsabilidad, como Gabriel Turbay, canciller en los años cuarenta, y su sobrino Julio César Turbay, que sería presidente entre 1978 y 1982.

En Ecuador, la realidad era distinta. Más que conflictos ideológicos, lo que marcaba el país era la fractura territorial, el contraste social y el peso del mundo indígena. Un país de marcados desequilibrios: una costa liberal y comercial, con Guayaquil como motor económico, y una sierra conservadora y tradicionalista, con Quito como centro del poder político. A pesar de la pobreza generalizada, los emigrantes árabes —como en otros países— encontraron en las pequeñas economías locales y en el comercio minorista un lugar desde el cual proyectarse.

En los tres países, los árabes llegaron como comerciantes ambulantes, con una maleta y poco más. Muchos eran cristianos maronitas del Monte Líbano, expulsados por la pobreza, la inestabilidad del Imperio Otomano y, en algunos casos, por persecuciones sectarias. En un entorno hostil y cambiante, tejieron redes familiares, aprendieron el idioma, montaron negocios y fundaron comunidades. El tiempo les daría, más que una patria nueva, una forma de pertenecer.

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