Mientras Washington endurece su proteccionismo, Brasil y México ensayan una respuesta latinoamericana: más comercio entre vecinos y menos dependencia del humor de las potencias.
En medio de un mundo cruzado por guerras comerciales, regresos autoritarios y barreras arancelarias, América Latina vuelve a mirarse entre sí. Esta semana, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva propuso a la presidenta electa de México, Claudia Sheinbaum, avanzar en un acuerdo comercial ampliado. Se trata de una apuesta bilateral que también actúa como señal estratégica en el tablero global.
Ambos países ya comparten un modesto marco de preferencias arancelarias. Pero el contexto actual —una guerra de tarifas declarada por Washington que ya afecta a exportaciones mexicanas y brasileñas— obliga a pensar en grande. Lula lo dijo sin rodeos: es hora de “ampliar el comercio con México” y de pensar el vínculo como un ancla frente al oleaje de la incertidumbre global.
La noticia es significativa por muchas razones. Primero, porque rompe la inercia latinoamericana de mirar más a Estados Unidos o a China que a sus propios vecinos. Segundo, porque habla de una voluntad política en ambos gobiernos por transformar la vecindad en estrategia. Y tercero, porque ocurre en un momento en que la Casa Blanca, bajo Donald Trump, vuelve a esgrimir el garrote arancelario como forma de disciplina hemisférica.
La visita prevista del vicepresidente Geraldo Alckmin a México a fines de agosto será una primera estación. Llegará acompañado por empresarios de sectores estratégicos: farmacéutico, agroindustrial, automotriz, aeroespacial. El objetivo es conectar las cadenas de valor, diversificar mercados y reducir la vulnerabilidad externa. Y todo ello sin abandonar los vínculos con Estados Unidos, Europa o China, pero sin someterse a ellos.
Para Sheinbaum, el acercamiento representa también una oportunidad: reposicionar a México en América del Sur, tras años de desinterés mutuo. Para Lula, es el intento de construir una arquitectura regional alternativa a la polarización ideológica. Y para ambos, es el gesto necesario de dos economías grandes que, si dialogan más y comercian mejor, podrían arrastrar a la región hacia una mayor densidad política y económica.
Frente a una globalización cada vez más tribal, construir puentes regionales se ha vuelto una necesidad práctica. Ni Lula ni Sheinbaum son ingenuos: saben que ni Brasil ni México pueden darse el lujo de aislarse. Pero también saben que seguir dependiendo del capricho arancelario del norte es una receta para la parálisis. En este sentido, su acercamiento no es un gesto protocolar. Es, quizás, un primer paso hacia un nuevo regionalismo latinoamericano más pragmático y menos retórico.
Y si este impulso se convierte en política de Estado y no en reflejo de coyuntura, podríamos estar ante algo más que un acuerdo comercial: ante la posibilidad real de que América Latina empiece a tratarse como lo que ya es, pero aún no asume del todo —una región con futuro, si decide caminar unida.