Bill Gates ha identificado en los docentes el único oficio capaz de resistir al avance de la inteligencia artificial. Su intuición, sin pretenderlo, conecta con una verdad profunda del Sur global: la educación no se automatiza, se transmite. Y eso, por ahora, no lo sabe hacer ninguna máquina.
Bill Gates no se distingue por la exageración. Cuando hace afirmaciones, suelen tener una raíz pragmática, nacida del cruce entre tecnología y observación. Su reciente visita a una escuela pública en Nueva Jersey, donde se experimenta con asistentes educativos basados en IA, le permitió constatar algo que millones de profesores latinoamericanos comprenden por experiencia directa: enseñar implica una mediación humana que los algoritmos apenas simulan.
Gates destaca que, incluso con los avances de plataformas como Khanmigo, diseñadas para asistir a estudiantes y ofrecer seguimiento personalizado, el vínculo que establece un maestro en el aula permanece irreemplazable. No se trata de romanticismo: se trata de contexto, intuición, corporeidad. Enseñar conlleva leer gestos, descifrar silencios, interpretar ritmos vitales. En nuestras escuelas públicas, sobre todo en aquellas donde los libros llegan tarde y los cables aún no traen internet, un maestro representa más que un instructor: es testigo, guía y, muchas veces, sostén emocional.
Resulta sugerente que Gates haya encontrado en el oficio docente una frontera de lo humano. Mientras tanto, en América Latina, el debate gira en torno a cómo asegurar condiciones dignas para quienes sostienen el sistema educativo. En esta región, donde los sueldos magros y la sobrecarga administrativa son moneda corriente, afirmar que el rol del maestro sobrevivirá a la inteligencia artificial suena a elogio, pero también a advertencia: la permanencia no garantiza reconocimiento.
Hay oficios que implican presencia. La educación pertenece a este último grupo.
El empresario reconoce, con sensatez, que la IA puede facilitar tareas rutinarias, monitorear avances o generar diagnósticos en tiempo real. Pero todo eso ocurre en paralelo a un saber que no puede programarse: el saber del cuidado, de la paciencia, de la espera. Ese saber está vivo en las maestras rurales que enseñan en varios turnos, en los profesores que dan clases en aulas sin pizarras y en los educadores que cruzan barrios enteros para garantizar que sus estudiantes permanezcan en la escuela.
Si la educación es una de las llaves del desarrollo —y así lo proclaman los planes nacionales desde México hasta la Patagonia—, entonces cualquier transformación tecnológica debe tener como centro a los docentes. No basta con entregar tablets o diseñar plataformas de autoaprendizaje. Tampoco alcanza con celebrar las bondades de la personalización algorítmica. Sin el maestro, el sistema se vacía. Y, como intuye Gates, ese vacío no se llena con código.
Hay trabajos que requieren precisión, otros que exigen cálculo. Pero hay oficios que implican presencia. La educación pertenece a este último grupo. Por eso, mientras la inteligencia artificial sigue su marcha, conviene recordar que en nuestras aulas, día tras día, miles de educadores sostienen algo que las máquinas no pueden simular: el acto humano de enseñar.